Otro día será

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Por Eddy Mateo Vásquez

He venido hasta aquí para conversar contigo. En la travesía de este viaje, recorriendo mucha distancia, he estado pensando bastante en ti.

Lo poco que sé de ti me he enterado a través de mamá. Ella me ha dicho que te cuida, vigila tu sueño, tu alimentación, tu ropa limpia y está pendiente de cada uno de tus pasos.

Papá, por igual, me dice cosas agradables de ti. Cuando bajas las escaleras te sigue con su mirada de zorro nonagenario hasta que te pierdes al doblar la esquina rumbo a la universidad. Él no concilia con el sueño hasta que no regresas de tus clases.

Sabes, esta es una ciudad muy extraña. La gente no se detiene a hablar con nadie, cada quien luce independiente y dueño de sí mismo y eso parece haberme contagiado porque tampoco me interesa hablar con extraños. Por eso he venido únicamente para conversar contigo.

Veo que te has recortado el pelo, haz cambiado los espejuelos y hasta tu mirada, que luce más infantil.

Allá las cosas no marchan bien. Don Bartolo, el vecino de enfrente, murió. Lo encontraron bien temprano a la mañana siguiente recostado sobre su sillón de cuero de ternera.

La corta calle en donde vivíamos está igual: sin ruidos, un poco solitaria y ahora triste sin ti que la recorrías a pies cuando ibas al baloncesto o al colegio.

El parque sigue ahí a una cuadra, igual que antes, con sus árboles de vistoso follaje acogiendo a sus visitantes errantes y a sus caminantes consuetudinarios, adultos y jóvenes como tú.

Cada mañana Choco acude a la ventana de tu cuarto a saludarte como de costumbre, mientras mueve su corto rabo como si presintiera tu presencia. Negrita, celosa, le gruñe exhibiendo unos amarillentos dientecillos de leche.

Tu cuarto está como siempre: tu cama en su mismo lugar, tu mueble de tres gavetas con tus calcetines, tu ropa interior, tus colonias, tu reloj, tus audífonos.

Tu foto de medio cuerpo decora una pared al lado del televisor. Otras fotos con tu grupo de clases y otros recuerdos también cuelgan de la pared, entre ellos aquel dibujo de tu rostro que te hicieron en una calle de New York en Octubre de 2011.

Ese viaje que hicimos a New York en época de otoño, siempre lo recuerdo; fue tu primer viaje a los Estados Unidos y mostrabas mucha satisfacción al contemplar personalmente las grandes tiendas de Downtown, en donde nos serviste de traductor; el espectáculo de luces en altas horas de la noche en Times Square dejó marcado en tu rostro la fascinación, más el asombro que te produjo la multitud que crecía como una ola impulsada por el viento, mientras más avanzaban las horas.

Ahora vienen a mí, multiplicados como mariposas en día de San Juan, asaltando mis recuerdos, aquellos momentos de nuestras visitas juntos al campo cuando recibíamos el placentero aire fresco de la campiña golpeando nuestros rostros y nos impregnaba el olor silvestre del pajonal.

Tus ronquidos en la noche bramaban como brisa rebelde en el pastizal de la llanura. Eras un pre adolescente entonces y te sonrojabas cuando te asistía para bañarte; fue así siempre hasta un día en que violentaste tu silencio de inconformidad y me dijiste, sin rodeos, que ya no eras un niño, “ya yo soy un hombre”.

Y estuve a punto de creerlo por tu estatura palmácea que se elevó vertiginosamente hasta los seis pies y dos pulgadas que tienes ahora. Recuerdo aquel día, con ostentado orgullo, cuando me dijiste: “ Legalmente mayor de edad”, mostrándome tu carnet de identidad.

Como sabrás, la pandemia ha recrudecido y miles han muerto sin que tengamos la certeza de cuándo llegará el final de esta peste.

La situación económica ha empeorado, causando mucho desempleo. Las escuelas y universidades no han podido reabrir. A las personas les rodea un muro de incertidumbre; jóvenes y adultos estamos a la par.

No sé si tu decisión de viajar hasta acá fue el presagio de esta situación, pero tu decisión, aunque la respetamos, nunca la compartiremos.

Pero a pesar de todo, tu madre, tus hermanos y todos soñamos frecuentemente con tu regreso; en respuesta me extiendes tu mirada penetrante y tu amplia sonrisa mostrando tus dientes sanos y fuertes.

Queremos que te quedes con nosotros. Tu presencia siempre es agradable; inspiras confianza, alegría, y un grato deseo de estar a tu lado. Pero de improviso tomaste un vuelo sin equipaje y un boleto sin retorno bien de madrugada antes de que despertara la mañana y nos enteramos de tu decisión cuando ya estabas aquí.

He venido a convencerte para que vuelvas. Aunque no has exteriorizado tu opinión porque has permanecido callado y desvías con frecuencia tu mirada de ángel, mi impresión es que no está en tus planes regresar.

Esta ciudad, en donde ahora estamos y donde resides, respira un aire perfumado por los pétalos multicolores de los coralillos. Más cerca de aquí, como gigantes en vigilia, samanes, palmas y cedros también inspiran un ambiente de paz y sosiego e invitan a no irse.

Pero debo irme ya, aún sin ti.

Volveré a conversar contigo. Ojalá la próxima vez logre convencerte y vienes conmigo.

Otro día será, porque el señor que me abrió la puerta principal me hace señas mostrándome la hora en su reloj, mientras él termina de organizar las lápidas y de recoger los candelabros.