La postverdad es ya un fenómeno universal que diluye la objetividad de los hechos, al crear narrativas paralelas basadas en creencias, cargas emocionales y campañas de desinformación.
La postverdad plantea "verdades múltiples" orientadas a los perfiles de los usuarios de redes sociales, apoyándose en algoritmos de inteligencia generativa que orientan y segmentan la información atendiendo al miedo, la ideología o las creencias del usuario.
A la postverdad no le interesa la certeza de la información, la prueba del dato, la objetividad del suceso.
La postverdad no es libertad de información, es abuso de ella.
La postverdad fragmenta la conciencia social, debilita el consenso y crea espacios para la incertidumbre.
La postverdad mina la confianza ciudadana en las instituciones y en los liderazgos democráticos.
La postverdad facilita el caos informativo, influye en la recomposición social y convierte la información en mercancía.
Las nuevas técnicas basadas en robots (granjas manejadas por servidores que manejan millones de cuentas que simulan ser ciudadanos reales), lenguajes de programación adaptables al usuario, publicidad por sesgos, repetición de contenidos atendiendo a la personalidad del sujeto, dominan las redes sociales y lo que consumismo. En una época donde el morbo atrae más que la verdad, es entendible que los tratamientos a los mismos hechos hoy no respondan a los criterios clásicos de la libertad de información, sino a la guerra psicológica y de mercado de la postverdad.
La postverdad hoy influye en todos los ámbitos de la sociedad, su expansión sin control afecta la democracia, la geopolitica, el comercio, la religión, la moral, la ciencia y la vida cotidiana.
