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jueves, 14 de febrero de 2013

La pasión por las “primicias” (Editorial del Listín Diario)

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El notición, la exclusiva, la primicia noticiosa ha sido siempre una de las grandes pasiones en el periodismo. ¿Qué medio o qué reportero no quisiera ganarse lauros al cazar, primero que todos, una gran noticia, o al adelantarse a los demás descubriéndola?

 Los norteamericanos suelen llamarle “scoop”, una expresión que, aplicada al periodismo, equivaldría a llegar primero a la meta antes que los demás competidores.

Y no pocas veces ese afán por la velocidad de llegar primero ha sido contaminado por el engaño, la desinformación o la fabricación pura y simple de historias falsas, “hoaxes” para los americanos, que han constituido célebres y resonantes traspiés en que han incurrido, intencional o sorprendidos en su buena fe, algunos medios muy respetables o reputados como altamente creíbles en el mundo.

Esos resbalones son terribles. Despachurran la credibilidad de los medios. Minan su confiabilidad ante el público. Ponen de relieve la vulnerabilidad de sus mecanismos de control y supervisión de sus propios contenidos.

 Frente a la recurrencia con que se difunden y canalizan noticias falsas, algo que aquí estamos presenciando muy a menudo, los medios de comunicación tienen que vacunarse contra el instinto de dar por oficial, por segura, por verosímil o por real, aquellas versiones sobre las cuales no tenga la certeza, la seguridad, la comprobación, de que es cierta o correcta.

 Aquí no hay mucho cuidado en eso. Las redes sociales son tan amplias y abiertas que cualquier versión no comprobada llega al conocimiento de millones de seres humanos en poco tiempo, y alcanzan, preliminarmente, categoría de noticia cierta antes de que la verdad salga a relucir. Para entonces, el tollo está hecho.

Uno de los remedios, entre pocos a la mano, es dar el paso de la comprobación, antes que la difusión. Es mejor no dar el “palo” o lograr el “scoop”, a ser desmentido.

 Porque al final, ni la supuesta “fuente de alta credibilidad” aparece para hacerse responsable, ni el medio o el reportero tienen las pruebas concretas para avalarla; y lo que queda como resultado es un severo daño a la credibilidad y a la confiabilidad de estos, un daño gratuito e innecesario si se determina que fueron demasiado vulnerables a una maniobra maliciosa o a una fenomenal tomadura de pelo, algo que no sólo le pasa a los tontos útiles.