POR JOSE DOLORES MATEO
Para Ecos del Sur
Para Ecos del Sur
Una noche de agosto de 1970, pasada ya las 11:00, José llegaba a la casa materna luego de haber disfrutado del tradicional circo en el que cada año se instalaban, para el deleite de niños y adolescente, “sillitas voladoras, estrellas y caballitos” en un solar baldío pero céntrico del pueblo, durante la celebración de las fiestas patronales de Neyba, su lar nativo.
No se sabe a ciencia cierta si, como consecuencia de su histórico atraso o por la influencia socio-cultural ejercida por Haití, nación que practica el vudú, (una religión popular africana), es que habitantes de los pueblos del sur, y particularmente los que están más cercanos a aquel vecino país, han creído tradicionalmente, en los malos espíritus, en el ocultismo y en la hechicería; creen, por ejemplo, que los muertos salen, que existen las brujas, en los poderes del vacá, en ciguapas y hasta en zombi.
Y de eso no escapaba José.
Se aferró a esas creencias, a partir del día en que, aún siendo un “titilo” oyó decir, en conversaciones entre familiares, vecinos y gente del pueblo, que “el alma de Colombia, la hija de Ana Elba la maestra que vive un poco más acá de Villa Jaragua, la había vendido Don Fragata”, hombre al que los profanos de la zona se le atribuía que tener un “pichón de vacá”.
Para aquella ocasión, José contaba con apenas once años de edad. Su madre Doña Ederlinda, maestra de ocupación en una escuela rural de educación básica, había notado que el imberbe muchacho poseía una vivaz vocación por el arte musical por lo que se anima, como madre que siempre se consagró en la superación académica de sus vástagos, a inscribirlo en la Escuela Municipal de Música, estudio que cursaba a la par con el sesto nivel de primaria en la escuela Arzobispo Valera de la sureña localidad.
Tomando en cuenta la avanzada hora de la noche, tarde ya para un adolescente, decidió José regresar a su morada materna. Iba solo, acompañado únicamente por el pensamiento supersticioso que se había aposentado en su imaginación y alumbrado por la tenue luz que emitían las bombillas que pendían de los esbeltos palos dispuestos simétricamente en la intricada ruta hacia su destino.
Ya acostado, y estando solo en la cama porque Arístides, su tercero hermano mayor, dueño de su consuelo y acompañante ocasional del lecho, todavía a esa hora de la noche no había retornado al hogar, un miedo pernicioso, el prejuicio y un terror escalofriante se apoderaron de él (José).
Los agudos aullidos que en el preludio del alba los perros suelen emitir, unidos a las felinas pisadas que percibía sobre el techo de zinc de la casa de madera alimentaban cada vez más su pavor, induciéndolo a que con mayor hermetismo se arropara de pies a cabeza con la sábana blanca que disponía.
Ni siquiera el hastío que el calor provoca en agosto, el segundo y más caliente mes del verano en la región sureña, fue óbice para que el mozalbete, bañado de arriba a bajo de abundante sudor, tomara un respiro; su corazón se abatía de altas palpitaciones.
Pero, como dice el viejo refrán: “no hay mal que dure cien año ni cuerpo que lo resista”.
Para su “salvación”, José atinó que su hermano Arístides, tras despedirse de Emiliano, su inseparable amigo de infancia, empujando la mecedora de guano que retenía la cuasi abierta puerta frontal de la casa, penetró a la vivienda, oyéndose al aterrorizado joven exclamar: “¡Ay Arístides, si no llegas pronto, me muero del corazón”!
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