POR JOSE DOLORES MATEO
Para Ecos del Sur.
Dado a las características agroecológicas de la región y su excelente adaptación, el cultivo de la vid ha sido considerado siempre como una de las alternativas viables para lograr el desarrollo socioeconómico de los habitantes del Valle de Neyba.
En la referida zona se podría desarrollar, a gran escala, un proyecto para la producción de uvas para consumo en fresco, vino, jugo, pasa, y otros derivados capaces de competir con naciones de la región y otros países del mundo.
La existencia de más de 2 mil tareas de vides de la variedad criolla, considerada un clon adaptado de la variedad Aramons, de origen francés, y últimamente la adaptación y validación de otras 17 de mesa y vino introducidas desde la región Marche de Italia, constituyen indicadores fehacientes y valiosos recursos que potencializan la posibilidad de explotar, con éxitos, la industria vitivinícola en el país.
Entre las variedades de alta vocación para la elaboración de vino que calificaron positivamente, pero que lamentablemente no se han fomentado, están la Tempranillo, Cabernet Sauvignon, Chardonay, French Colombard, Merlot, Syrah, entre otras y entre las de mesa se destacan la Moscato de Hamburgo, Alphonse Lavalle, Miche Palieri, Cardinal, Italia y otras.
Otro factor a considerar es el hecho de que en la zona se ha desarrollado una cultura vitícola que hace posible la participación activa de los moradores en su fomento y expansión del cultivo, así como la disponibilidad de grandes extensiones de tierra baldías que se incorporarían a la producción, lo que motorizaría la generación de empleos.
Si bien es cierto que en la actualidad existe una pequeña planta industrial en la que, por su limitada capacidad, se procesan anualmente apenas unas 50 mil botellas de vinos, hay que decir que los mismos no han alcanzado los estándares de calidad requeridos para competir en el mercado local con los que se importan de otras latitudes.
Y entre algunas de las razones que se podrían citar están las siguientes: 1) las características y potencialidades de la variedad actualmente usada (la Aramons criolla) no es óptima para vino; 2) la pobre tecnología de procesamiento utilizada y 3) la descuidada presentación del producto (básicamente etiquetas poco trabajadas).
No obstante, mediante la oportuna intervención del Estado, la República Dominicana, podría aprovechar el boom que en las últimas décadas ha experimentado la industria del vino en países del continente americano como Estados Unidos, Venezuela, Argentina y chile, pero que con anterioridad lo había aprovechado el europeo en España, Italia, Francia e Inglaterra y colocarnos como un país de referencia mundial en cuanto a la producción de uvas, vino y otros derivados en la región tropical.
Y esto podría ser posible si el gobierno central, mediante las instituciones pertinentes, asume la ejecución gradual de un proyecto agroindustrial, a mediano plazo, que involucre el fomento de unas 10 mil tareas de las variedades de vocación viníferas y 5 mil para consumo fresco o de mesa de las que ya han sido evaluadas en la zona y, obviamente, se proceda a la ampliación, equipamiento y adecuación de la bodega industrial.
A través de esa iniciativa, se daría repuestas a la reducción y mitigación de la pobreza existente en esta zona del país, si se asume que el desarrollo de la vitivinicultura constituyó uno de los principales factores que catalizó la superación socioeconómica de los habitantes de las naciones previamente citadas.
Al margen del desarrollo de un proyecto de esta naturaleza, no se vislumbran claramente iniciativas portentosas, en el orden agroindustrial, que propicien un salto definitivo a la prosperidad de la gente que habita la tercera provincia más pobre del país: Bahoruco.
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