POR GILBERTO SUERO
Para Ecos del Sur
Luego de los actos de conmemoración del 150 aniversario de la gesta restauradora de nuestra independencia celebrados en Barahona, leímos la queja expresada por el munícipe Praede Olivero referente al estado post maltrato en que se encuentra el busto del héroe de la restauración, General Gregorio Luperón. Otros valiosos munícipes como Ramón Alberto López también expresaron su pesar por tan lamentable realidad. Vimos también cómo la Comisión Permanente de Efemérides Patrias, a través de Bienvenido Heredia, explicó sobre los esfuerzos de tan valiosa comisión encaminados a la promoción de los símbolos patrios desde hace varios años en nuestra provincia y en despertar el interés por la preservación de los monumentos patrios.
Sopesados con imparcialidad los juicios de cada uno, he de concluir en que todos tienen razón. El busto de Luperón y la bandera de la plaza estaban deteriorados ese día 16 de agosto. Algo vergonzoso. Y es verdad que la Comisión de Efemérides Patrias hace los esfuerzos para que esto no llegue a ocurrir.
Sin embargo, todo esto debe llevarnos a una reflexión. Si revisamos la historia y nos remontamos a noviembre de 1961, el país estaba sembrado de estatuas y bustos de Trujillo. Estatuas y bustos limpios, brillantes y bien cuidados que fueron cayendo, uno a uno, derrumbados por las masas populares, deseosas de eliminar hasta el último remanente de la nefasta tiranía. Y antes del 30 de mayo de ese año 1961 ¿quién se atrevía a sabotear una de esas estatuas o bustos? Nadie lo hacía, no por conciencia ciudadana, sino por conciencia de supervivencia e instinto de conservación, pues si lo hacía y era sorprendido o denunciado, y si tenía mucha suerte, lo llevaban a la 40, pero lo más probable era que no apareciera jamás y su familia cayera en desgracia. Se respetaban las loas, estatuas y bustos a Trujillo por miedo y por prudencia. Ya en nuestros días, no es posible llevar a nadie a una sala de torturas, ni mucho menos asesinarlo, por atentar contra un símbolo o monumento.
Tampoco es concebible que su familia sea sometida a vejámenes porque ese individuo cometiera el hecho deleznable. Es decir, no se puede pretender que los ciudadanos respeten nuestros símbolos y los monumentos que nos hacen recordar día a día a nuestros héroes por medio de la represión. Por eso murieron, precisamente, nuestros mártires y héroes. Lo que tenemos que lograr es que la propia ciudadanía sea celosa guardiana de esos íconos, inspirada esa gente en una conciencia patriótica, en un deseo sincero de que nuestro país sea soberano, en un rechazo desde el corazón a las dictaduras y a la opresión, y que la ciudadanía aprenda a enaltecer con sentimiento, y con agradecimiento, a aquellos que fueron capaces de dar hasta la vida por nosotros y por nuestra libertad. Y jamás dañar un monumento a nuestros héroes.
Hay un detalle que no vi en los diferentes comentarios sobre el busto de Gregorio Luperón, la estructura está hecha en un material que aparenta ser frágil, quizás yeso o piedra caliza, lo que la hace muy vulnerable a cualquier injuria, por eso le falta una oreja y parte de la nariz
¿No se merece Luperón un busto en bronce u otro material que pueda resistir mejor los embates de la desfachatez y el desconocimiento? Luperón no buscaba gloria con su sacrificio, pero los dominicanos debemos dársela. En lo que la conciencia ciudadana crece hasta el punto de defender sus símbolos de identidad, no creo que sea descabellado pensar en que se pudiera construir su imagen en bronce. Quizás está alto el precio del bronce, pero ¿cuánto cuesta, si se pudiera cotizar en moneda, una independencia restaurada, legado de los restauradores?
Tenemos a mano nuestros medios masivos de comunicación y podemos usar tan poderosa arma para pasar mensajes a la conciencia ciudadana, con frecuencia, no sólo el mismo día de la fecha gloriosa, porque es a lo más alto a que podemos aspirar, que nuestros símbolos y monumentos patrios sean respetados por sentimientos sinceros, por dar honra a nuestros héroes y por conciencia ciudadana. Y soy de los que creen que nuestra esperanza futura como nación está en las escuelas, en la educación. Pero mientras tanto, algo tenemos que hacer.
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