POR MANUEL VOLQUEZ
Para ECOS DEL SUR
Siempre me he preguntado dónde caben las personas que a diario encarcela la policía y otros organismos del Estado que persiguen el crimen organizado.
El país no cuenta con espacios suficientes en las prisiones para albergar a los cientos de delincuentes arrestados en las redadas policiales y en circunstancias ocasionales cometiendo delitos diversos.
Sabemos que muchos ciudadanos apresados por las autoridades, logran salir con asombrosa facilidad de la cárcel a través del tráfico de influencia y del peaje o mediante desistimientos de los fiscales encargados de las investigaciones. Sin embargo, son más los que entran que los que salen.
Viendo las cosas desde esa perspectiva, he llegado a la conclusión de que los delincuentes de hoy son la continuación de aquellos que en los viejos tiempos mantuvieron en zozobra a policías, fiscales, jueces y a los astutos detectives. Los mafiosos de Chicago y los gánsteres sicilianos, para citar dos malos ejemplos, son la mejor referencia del crimen mundial organizado.
Los delitos y los crímenes nunca desaparecerán. Desde que Caín mató a su hermano Abel convirtiéndose en el primer homicida exiliado en el mundo (y también privilegiado por una marca para que nadie le toara), los crímenes no han parado, pese a los sistemas de coerción puestos en marcha por los cuerpos represivos del Estado. Tampoco los delincuentes que, como humanos al fin, mueren, pero sus fechorías son heredadas y continuadas por las nuevas generaciones. Es una cadena humana con conductas o comportamientos clonados.
Ciertamente, algunos delincuentes se regeneran en las cárceles, pero otros refuerzan las experiencias delictivas obteniendo novedosos tecnicismos para el robo, el asalto, los asesinatos, las falsificaciones y otras modalidades, factores que inciden en la degeneración conductual que incide para que terminen retornando a las prisiones.
La delincuencia clonada se evidencia en los nuevos asesinos, asaltantes, especialmente en los ladrones de cuello blanco que con dinero corrompen a algunos jueces, fiscales y policías de todos los niveles para evadir los juicios, aplicando así el modelo de los mafiosos de antaño. En última instancia, utilizan el chantaje, el terror, los asesinatos por encargos y las amenazas para impedir ser apresados y continuar con obras criminales.
En este listado hay que incluir a los políticos corruptos, a los comerciantes y aquellos que hacen fortunas inmensas mediante el fraude y las evasiones de impuestos. Desafortunadamente, las cárceles no existen para ellos y en caso de que existan, es con repudiables privilegios.