POR RUBEN DOMINICI
Para ECOS DEL SUR.
No hay que buscarlo en los informes oficiales ni en las evaluaciones periódicas que hacen los organismos internaciones.
Si alguien quiere saber si un país anda bien o anda mal, si la mayoría de la población acepta como válido la cantidad de bienes que, en función de su preparación académica o técnica y otros factores, obtiene de la labor que realiza en el mercado laboral o en campo empresarial; si se siente satisfecha con la calidad de los servicios públicos que por mandato constitucional el Estado está en la obligación de brindarle; si disfruta de cierta paz social y vive “sin sobresaltos”, y se siente gustosa del rumbo que sigue su nación, e igualmente confiada de que “lo mejor falta por llegar”, repito, olvídese de los datos oficiales y de las evaluaciones de los organismos internaciones.
Observe detenidamente el comportamiento de los diferentes sectores, públicos y privados, y con ello el enjambre de funcionarios, técnicos y personal no especializado. Compare lo que dicen los reglamentos, normas, y otras disposiciones legales con lo que realmente hacen, que es lo que realmente conciben como sus funciones, y sabrá a ciencia cierta el tipo de país que es.
Parece que es parte esencial en nuestra cultura la concepción de que “el papel lo aguanta todo”, que “una cosa es con guitarra y otra cosas es con violín”, y que “una cosa piensa el burro, y otra el que lo apareja” Y todo esto, siempre a mi juicio, es una dualidad que nos carcome.
Somos rigurosos en la elaboración de los planes, pero incoherentes en su ejecución; excelentes en las promesas, pero pésimos en su cumplimiento; muy buenos en el discurso, pero nos quemamos a la hora de practicarlo; criticones de las faltas de los demás, pero demasiado permisibles con nosotros mismos.
Así, los padres afectamos negativamente la identidad de nuestros hijos, los maestros la de sus alumnos, los profesionales la de sus gremios, los comunitarios la de sus organizaciones civiles, los políticos la de sus partidos, los funcionarios la de los demandantes de sus servicios, y los gobernantes la de sus gobernados.
Creamos, pues, con esa práctica generaliza, todo una cultura nacional que dificulta en extremo definir un rumbo cierto que conduzca a la superación de los grandes males que padecemos.
Se pueden ver expresiones concretas de lo que digo en cualquier lado, por ejemplo, en el sector educativo. Hace pocos días el Ministerio de Educación informó que el 59% de los aspirantes a puestos electivos habían reprobado el examen.
Se les podría echar la culpa de esta situación a las universidades, pero ellas se defenderían argumentando que los bachilleres que reciben llegan con muy baja formación. Siendo objetivo y justo, la responsabilidad es compartida. Difícilmente se puede obtener un excelente producto con una materia prima de pobre calidad, a no ser un Miguel Ángel. Pero ninguna de los dos sectores ha hecho esfuerzo significativo para mejorar esta situación, que para nada es nueva. No caben en un furgón las tesis de grado que muestran las debilidades de los bachilleres que entran a las universidades, muchos de los cuales no saben si el apellido Garó se acentúa en la a o en la o (esto no mes un juego).
En el sector salud, la situación no es mejor. A cualquiera se les caen las “las alas del corazón” si visita un hospital. El ambiente es desagradable en extremo, al verse a muchos pacientes sufrir doblemente. Por un lado, la desdicha de haberse enfermado en un país donde, como dice un poema de mis tiempos mozos, “la ciencia no es de los pobres, la ciencia no anda a caballo”; y por el otro, por la rara formación de ciertos médicos de hoy, algunos de los cuales se parecen más a un usurero que a un profesional cuya misión es salvar vidas. Aunque cobre por ello, pero en fin, salvar vidas.
El médico está obligado a tratar bien a sus pacientes y sus familiares, porque el buen trato incide favorablemente en la salud del primero, y en el estado emocional de los segundos.
Traigo a colación este tema concreto porque el miércoles en la tarde ocurrió un caso desagradable en un centro médico de esta ciudad de Barahona. Un señor de avanzada edad estaba internado por problemas respiratorios desde hacía dos días sin experimentar mejoría, por lo que su hijo decidió llevárselo a Santo Domingo.
Se hicieron los arreglos de lugar con la clínica donde iba a ser transferido, y como los trámites administrativos llevan su tiempo, el hijo del anciano enfermo se desesperó, y le dijo a la señora que llevaba el proceso que si no se podía resolver lo del pago en poco tiempo, que él se llevaba a su padre enfermo, y pagaba cuando regresara.
A esa “propuesta indecente” que hizo un hijo desesperado al ver que su padre gravemente enfermo no mejoraba en dicho establecimiento, y los trámites administrativos no concluían, el médico que estaba en ese momento en la habitación le dijo a la señora que llevaba el proceso, en plena cara del hijo adolorido, “no caiga en ese gancho”.
La respuesta del ofendido vino con la furia y la rapidez del rayo. Le dijo con rabia al médico que así como él lo veía, tanto su padre como él eran millonarios, y que si no lo aparentaban era por ser personas humildes que no tienen necesidad de estar mostrando lo que tienen.
Y es cierto, ambos eran millonarios. Eran, pues el enfermo murió en Santo Domingo ayer jueves en la madrugada.
