POR DAMIAN ARIAS
Para ECOS DEL SUR
La Policía Nacional, desde su creación el 2 de marzo de 1936, mediante Decreto del Presidente Generalísimo Rafael L. Trujillo, arribando a sus setentiocho años de vida institucional, se encuentra en un momento estelar, y tal vez ineludible, de reforma integral. Si bien nuestra Policía Nacional pudo trascurrir los treintiun años de la Era sin una Ley Institucional, sin un Código de Ética, acaso sin una ley sancionadora de las faltas disciplinarias de sus integrantes, y aun así permanecer al servicio del poder político omnímodo que el estado de cosas encabezado por Trujillo representaba. Esa es la innegable verdad histórica.
El marco del régimen de Trujillo y los cuatro Presidentes gomigrafos que tuvo, al igual que el de los demás estados policiales con sus medidas de control social, encierra y hasta propicia que con el celo y la persecución política de los adversarios, quede también bajo control la seguridad pública, en una especie de todo incluido: Control ideológico interno y seguridad pública en una sola y misma caja. Dentro de esos procesos la Policía jugó el papel que le dictara el nuevo orden político interno.
Trujillo logró el milagro estratégico que aconsejara Maquiavelo a Montesquieu en sus Diálogos en el Infierno: Mantener a la población tan aterrorizada que una mitad de ella vigile, y hasta controle, a la otra mitad. Trujillo trajo, enfrentando a la montonera y la dispersión del poder en muchas manos, una Pax Romana donde cada ciudadano era un policía del régimen, recelaba del vecino y hasta de los familiares, donde, al caer decapitado aquella noche del martes 30 de mayo, los llamados calieses mutaron sorpresivamente y se hicieron paleros: Los que le rendían Hosannas hacia solo minutos, de pronto pedían su crucifixión a voz en cuello. Aquí también la Policía jugo el papel de las circunstancias nacionales.
En ese estado de cosas y la nueva recomposición del escenario político, nuestra institución padeció no pocas disensiones y riñas intestinas entre algunos Generales y Oficiales Superiores, en los que la sangre no llegó al rio. Vino el proceso político del nefasto golpe cívico militar y policiaco, si, así mismo, tres actores, en el que la aventura democrática encabezada por el Prócer vegano Juan Bosch y Gaviño, es interrumpida, aquel 25 de septiembre de 1963; pasamos al Triunvirato de tres miembros y luego al extraño Triunvirato de dos miembros, hasta que diecinueve meses después, en plena Guerra fría y con Lindon Baynes Johnson en la Casa Blanca, la nación dominicana se enfrasca en la Guerra Patria del más valiente abril de nuestra América Latina y morena: 1965. Ahí la Policía Nacional aportó a la Nación dominicana un Coronel llamado Francisco Alberto Caamaño Deñó, aunque es innegable que estuvo institucionalmente dividida y en franco apoyo al invasor y de espaldas a la Constitución de 1963.
Luego llega el Gobierno provisional de Héctor García Godoy, criado junto y primo de uno de los Triunviros golpistas, y pasamos a las elecciones generales de 1966 y el retorno al poder, por la vía electoral, del Licenciado Joaquín Balaguer Ricardo, ya que había sido Presidente dedocratico desde el 3 de agosto de 1960, sustituyendo a Negro Trujillo de quien era Vice. Comienza así la llamada era de los Doce Años, interregno en el que la Policía Nacional jugó su papel histórico de estar al servicio del poder político. Mea Culpa.
Superados los doce apóstoles del mal y toda la sangre joven y valiosa que cayó herida de muerte, vino una nueva apertura democrática plena de cambios trascendentales e institucionales, que nos han llevado a superar algunos fantasmas y resabios de la lucha ideológica, para pasar a ser una institución de servicio ciudadano respetuosa de la Constitución, las leyes y los derechos humanos, aunque no es perfecta.
Ahora, inmersos en un proceso integral profundo, serio, pensado y estratégico; la Policía Nacional está construyendo y promoviendo desde dentro, la propia reforma institucional de hecho, ante las nuevas amenazas de una compleja realidad de la seguridad pública: Un Código de Ética, un Reglamento de Uniformes, Un Manual de Funciones, en fin, una nueva cultura organizacional junto a otras disposiciones internas de la Jefatura que encabeza el Mayor General Licenciado Manuel Elpidio Castro Castillo.
Este proceso interno de reforma y cambio, va paralelo y acorde con la reforma que desde los poderes públicos se impulsa con la promulgación de una nueva Ley Institucional, llamada a sustituir la legislación en vigor, 96-04.
Al arribar el próximo 2 de marzo, al septuagésimo octavo aniversario de nuestra creación, con jurisdicción nacional, estamos dando un gran paso de avance en el establecimiento definitivo de la doctrina de la policía comunitaria o de proximidad, con la integración plena a las comunidades a las que servimos.
