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miércoles, 12 de febrero de 2014

OPINION: Locos, sabios y cuerdos (primera parte)

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POR JUAN PEREZ HEREDIA
Para ECOS DEL SUR

 Si usted es una persona menor de 30 años, nacida y criada en la ciudad de Barahona, tal vez los apodos “Lelo”, “Rey del sol”,  “Epa” o “Diablo viejo”, no le resulte familiar. Muchos jóvenes no los conocieron, otros, nunca han escuchado o leído  sobre esos personajes porque lamentablemente  nadie se ha tomado la molestia de escribir un libro que aborde con profundidad el tema de nuestra antropología cultural o social.

A lo largo de la historia, en todos los pueblos siempre han existido personajes (algunos con su propia locura),  que, ya  en nuestra adultez,  resultan difíciles de olvidar.  Muchos  de ellos, fallecieron y otros todavía están “vivitos y coleando”, deambulando por nuestras calles, haciéndole compañía a nuevos personajes que se van incorporando a esa fauna que llamamos “paisaje urbano”.

 Los barahoneros de aquellos años, solíamos llamar a la mayoría de  estos personajes “locos” o “sabios”, porque entre ellos había músicos, poetas, filósofos, pregoneros, rosacruces, billeteros, enajenados mansos o violento, y hasta alcohólicos piadosos.

Resulta que en días pasados  visité el blog de un barahonero donde hacía referencia sobre uno de mis personajes favoritos, se trataba de “Lelo”,  un humilde billetero con rasgo de una persona anciana, pero  muy sensible a las burlas. Los niños y adolescentes  de aquella época solían vocearle “Lelo, billete pelao” o “Cuernú”, porque supuestamente su esposa, “Suna”, una señora con evidentes trastornos psiquiátricos, se había acostado con todos los hombres del barrio Camboya.

Otro de los personajes que recuerdo era “Rey del Sol”, era un loco tranquilo, nunca hablaba con nadie, salvo para decir en contadas ocasiones “Soy el rey del Sol, arrodíllense ante mi y adórenme”. Deambulaba las calles de Barahona con la mano derecha puesta en el hombro izquierdo o viceversa. La gente decía fue un profesor de matemática que se volvió loco leyendo libros de los Rosacruces y otras logias.

Entre los vendedores informales recuerdo a “Epa” y “Fellé”. El primero fue un vendedor de panes muy singular. En la mañana y en la tarde “Epa” recorría en forma kilométrica la ciudad con dos canasta repletas del producto, voceando con una sonrisa en el rostro “Epa, epa, epa, epa”,  sin ninguna muestra de cansancio. Las amas de casa de aquella época adoraban a Epa, porque siempre decía que fiando era que se ganaba los clientes.

Fellé, un vendedor de pasteles en hojas, que tengo entendido que todavía continúa vivo. Este personaje, en su tiempo de vendedor de sus ricos pasteles, fue un amante de las carreras de caballos. Admiraba tanto a Simón Alfonso Pemberton que voceaba sus productos con un timbre similar al locutor y narrador de la hípica dominicana.

Papolo, otro de los personajes conocido de nuestra niñez. Es un enajenado mental que todavía anda por nuestras calles, lo que deja entrever que a veces  los locos viven más tiempo que los cuerdos. Con su pantalón corto subido por encima del ombligo, Papolo, solía tirarnos piedras cuando nos burlábamos de él, gritando “como errr diablo, como errr diablo, rrrelaja a tu madre, coñ…”.

De los alcohólicos de aquella época cabe destacar a “Cadete”. Fue un excelente maestro de la construcción, pero su grave problema con el alcohol hacían muchas veces de este personaje un poco enamoradizo e  impertinente con las  damas que se le cruzaban en el camino. Cuando estaba sobrio era un  hombre educado, caballeroso y tranquilo, pero desde que probaba un traguito de ron, el hombre perdía el “juicio”. Estando sobrio andaba con una biblia debajo del brazo, pero cuando se emborrachaba alegaba que  Dios le había concedido “permiso especial” para darse unos tragos.

“Cabito, tira peo”.  No era un enajenado mental, era un humilde padre de familia que se ganaba la vida empujando una carretilla vieja y pesada por toda la ciudad. Cabito ofrecía sus servicios de carretillero en el mercado público, el apodo se le ganó porque, muchas veces, por el esfuerzo físico  al empujar la pesada carretilla, sus intestinos lo traicionaban, involuntariamente solía tirarse pedos a lo largo de todo el recorrido.

Rafael Alcántara (Raffo El Soñador), la tragedia de este artista tocó las fibras más sensibles de los barahoneros al final de la década de los setenta.  Raffo deambulaba descalzo toda la ciudad con un saco al hombro, pidiendo limosna a los transeúntes o un bocado de comida. Los jóvenes y adolescentes no podían creer que ese mismo personaje, un loco manso y sonriente,  era el que cantaba las tristes y bellas canciones que colocaba Américo Peña en su programa “Recuerdos en la noche”.

En la segunda parte de este artículo seguiremos con otros personajes que aún recordamos de nuestra niñez o  adolescencia.

¿Tiene usted algunas anécdotas que contar  o personajes que agregar a la segunda parte de este artículo? Envíela al correo:  juanperezheredia@hotmail.com