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domingo, 16 de febrero de 2014

OPINION: Locos, sabios y cuerdos (segunda parte)

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POR JUAN PEREZ HEREDIA
Para ECOS DEL SUR.

Antes de continuar con el tema de los personajes de mi pueblo que aún recuerdo de mi niñez o adolescencia, debo destacar  que   es muy difícil mencionarlos a todos. Como expliqué en mi primer artículo, existen varias obras escritas por barahoneros   que, como este artículo, sólo se limitan a narrar sus vivencias personales o recopilar biografías de ellos, pero ninguna   realiza un estudio antropológico cultural o social de sus locuras y/o extraños comportamientos.

¿Por qué todavía lo recordamos? Tal vez porque hacían  cosas raras, disparatadas o porque su comportamiento iba en contra de   "las normas sociales" de la sociedad de aquella época. Muchos de ellos no tenían ni una pizca de loco, al menos no en   apariencia. Eran personas cuerdas, sólo que llenos de misterios, con extrañas ideas o enfermos alcohólicos.


Enemencio.Es uno de mis personajes favoritos y  el que más recuerdo. Miembro de una respetable, inteligente  y rica familia   de Barahona,fue un borrachín contento que dormía tirado en las aceras y contenes de la ciudad.  Enemencio solía contar  cuentos a los niños y  adolescentes con tal de que le dieran dinero para comprar su bebida preferida, el berrón. Sí, ese  líquido que les ponen en la  cara a las personas mareadas en los velorios. Lo más gracioso de este personaje era que solía  beberse una o varias botellas de  berrón en cualquier contén de la ciudad.

Chichá, pecao podrío. Fue un personaje inolvidable, no sólo por su  complexión delgada y de buena apariencia, sino por la   forma muy particular  como voceaba sus productos. El apodo “pecao podrío”,  se lo puso la gente dizque porque su mercancía   siempre olía mal. Decía la mala lengua de aquella época  que Chichá, lo que vendía era la sobra o pescados dañados que   desechaban  los pescadores de la playa Punta Inglesa.

Maricusa, la bruja. No era tal cosa, lo que sucedió fue que, a  esa que humilde señora,  le gustaba realizar bailes de los   palos o atabales en su casa, siempre adornada con altares, imágenes de santos y velas encendidas. El miedo de muchos niños de   aquella época era que esa señora era una bruja que chupaba sangre, por eso evitaban transitar por la acera de su casa.   Recuerdo que la casa de Maricusa,  al igual que la de Luciana, permanecía llena de gente buscando las oraciones o comprando   resguardos.

Chele viejo. Reconocido rifero de la ciudad y buen padre de familia. Se ganó ese apodo porque un día se encontró en la calle  un  chele de palmita, el famoso centavo de la época trujillísta, lo jugó en la lotería y se sacó una pila de cuarto. Cuando   trabajaba en una funeraria, su dueño, al ver que Chele viejo tenía un sueño muy profundo y como perdía los clientes que  acudían de  madrugada a comprarle ataúd, para solucionar el problema colocó en la puerta uno de los letreros más curioso que  yo recuerdo  en mi vida, “Toque aquí, llameeee, chele, chele, chele, chele, cheleeeee".

Diablo Viejo. Fue un pintoresco vendedor de pescado y cangrejos. Le pusieron ese apodo por el refrán de que "mas sabe el  diablo  por viejo que por diablo", principalmente porque a la hora de vender su mercancía era muy listo, tenía unas extrañas  escusas para  convencer a sus clientes. Gracia a su sabiduría, este personaje casi siempre se salía con la suya. Un amigo me  contó que una vez una  señora quiso comprarle cangrejos, pero se quejó de que las mercancías estaban hedionda, pero él  astutamente le respondió que  quien olía mal no eran los cangregos, si no él, ya que tenía varios días sin bañarse. En las  fiestas Patronales de la  ciudad, Diablo viejo siempre ganaba todas las competencias de sacos y “palo encebao”.

Matiita el plebe. Así llamábamos los niños y adolescentes al cuentista Matías Ramírez Suero, un ilustre personaje con una   memoria prilegiada.Las decimas y cuentos de Matía prácticamente se perdieron después de su muerte, lo único que nos dejó como   legado fue una obra sobre la fundación de Barahona que, una vez terminado de leer el libro, las personas no saben donde  comienza la  fantasía y donde termina la realidad.