POR JOSÉ PRADO JIMÉNEZ,
desde Carolina del Norte.
El grito de alarma externado por el Obispo Felipe Núñez, acerca de la situación de la educación en la República Dominicana, respecto al nivel de inferioridad en que se encuentra en la escala mundial, es altamente preocupante. En ese mismo artículo, que fue publicado en este periódico, el preocupado Obispo llamó a los maestro a procurar una mejor preparación, con lo que me solidarizo.
El Obispo Felipe Núñez, no elaboró en cuál es la preparación que esos docentes necesitan; pues, resulta paradójico, que quienes hoy están en las aulas de las escuelas de nuestro país, están diplomados por universidades acreditadas.
La preparación en términos de sólo conocimientos, no garantiza que el individuo brinde un servicio con resultados óptimos. Pues, no se es tenor, porque alguien quisiera serlo y estudie los diferentes aspectos indicados para profesionalizarse; es algo que viene en el paquete que el individuo trae al nacer, y luego es desarrollado y perfeccionado.
Esto acontece en todas las áreas del saber y quehacer humano, que demanda excelencia de servicio, como es la medicina, la educación….Dicho de otra manera: la autoridad que determina el dominio en cualquier área, es algo que está en potencia y es desarrollada para una función efectiva, cuando es debidamente orientada y procesada en eficientes centros de formación. Esa dote natural, es lo que en educación es llamado vocación, y en el léxico cristiano se nombra como un don.
Ahora bien. Cuando el individuo escoge crecer en un área fuera de esta autoridad inherente (salvando las excepciones), el tal podría ser un profesional de baja calidad, y su servicio, por vía de consecuencia, sería de calificación inferior.
Laborar en el área de educación, no es lo mismo que desarrollar un trabajo en una empresa de producción, operando máquinas programadas con fines limitados. En el aula, el maestro está frente a seres dinámicos, pensantes, que, a pesar de que se ha procurado agruparlos atendiendo a parámetros aprobados como buenos y válidos, para la función educativa; la realidad multiformica determinada por la individualidad y otras condiciones externas de los educandos, hace a esta labor, cada día, más compleja y por tanto, hace exigible una mejor condición del docente.
Para que tengamos una enseñanza que responda a los más elevados propósitos de la educación, como son: enseñar a pensar y desarrollar el pensamiento crítico del educando, es indispensable contar con maestros donde se conjuguen: la autoridad natural o vocación, la gnosia, la praxis y un fiel compromiso de éste (el maestro), con el educando, con la sociedad, con el país. Además, es necesario que, valores que se supone orlar al maestro, no entren en negociaciones con asuntos de salarios, posiciones y compromisos políticos.
Si estamos hoy en niveles de educación tan bajos, en la escala mundial, conforme el grito del Obispo Felipe Núñez, obedece a la falta de ese pensamiento crítico, que haga al educando capaz de romper conceptos y hacer inferencias lógicas. Es por eso, que sus deficiencias se hacen notables, cuando el educando tiene que someterse a exámenes que no están elaborados siguiendo las formas de preguntas, que ya han sido cinceladas en su cerebro durante el transcurso de cada período lectivo.
Siendo yo, maestro; con criterio independiente; a quien sólo le anima el deseo de una superación que nos saque de los niveles de: cenicienta de la educación, con toda sinceridad, saludo el esfuerzo encomiable del Ciudadano Presidente de la República, Danilo Medina, encaminado a dotar al país de edificaciones con aulas adecuadas; pero la educación seguiría anémica, incapaz de lograr sus propósitos, si los incumbentes no se aprestan a una revisión e implementación de las medidas aconsejables, para eficientizar la educación, que, aunque en este artículo me he enfocado en el docente, sé que son muchos los aspectos a considerar.
desde Carolina del Norte.
El grito de alarma externado por el Obispo Felipe Núñez, acerca de la situación de la educación en la República Dominicana, respecto al nivel de inferioridad en que se encuentra en la escala mundial, es altamente preocupante. En ese mismo artículo, que fue publicado en este periódico, el preocupado Obispo llamó a los maestro a procurar una mejor preparación, con lo que me solidarizo.
El Obispo Felipe Núñez, no elaboró en cuál es la preparación que esos docentes necesitan; pues, resulta paradójico, que quienes hoy están en las aulas de las escuelas de nuestro país, están diplomados por universidades acreditadas.
La preparación en términos de sólo conocimientos, no garantiza que el individuo brinde un servicio con resultados óptimos. Pues, no se es tenor, porque alguien quisiera serlo y estudie los diferentes aspectos indicados para profesionalizarse; es algo que viene en el paquete que el individuo trae al nacer, y luego es desarrollado y perfeccionado.
Esto acontece en todas las áreas del saber y quehacer humano, que demanda excelencia de servicio, como es la medicina, la educación….Dicho de otra manera: la autoridad que determina el dominio en cualquier área, es algo que está en potencia y es desarrollada para una función efectiva, cuando es debidamente orientada y procesada en eficientes centros de formación. Esa dote natural, es lo que en educación es llamado vocación, y en el léxico cristiano se nombra como un don.
Ahora bien. Cuando el individuo escoge crecer en un área fuera de esta autoridad inherente (salvando las excepciones), el tal podría ser un profesional de baja calidad, y su servicio, por vía de consecuencia, sería de calificación inferior.
Laborar en el área de educación, no es lo mismo que desarrollar un trabajo en una empresa de producción, operando máquinas programadas con fines limitados. En el aula, el maestro está frente a seres dinámicos, pensantes, que, a pesar de que se ha procurado agruparlos atendiendo a parámetros aprobados como buenos y válidos, para la función educativa; la realidad multiformica determinada por la individualidad y otras condiciones externas de los educandos, hace a esta labor, cada día, más compleja y por tanto, hace exigible una mejor condición del docente.
Para que tengamos una enseñanza que responda a los más elevados propósitos de la educación, como son: enseñar a pensar y desarrollar el pensamiento crítico del educando, es indispensable contar con maestros donde se conjuguen: la autoridad natural o vocación, la gnosia, la praxis y un fiel compromiso de éste (el maestro), con el educando, con la sociedad, con el país. Además, es necesario que, valores que se supone orlar al maestro, no entren en negociaciones con asuntos de salarios, posiciones y compromisos políticos.
Si estamos hoy en niveles de educación tan bajos, en la escala mundial, conforme el grito del Obispo Felipe Núñez, obedece a la falta de ese pensamiento crítico, que haga al educando capaz de romper conceptos y hacer inferencias lógicas. Es por eso, que sus deficiencias se hacen notables, cuando el educando tiene que someterse a exámenes que no están elaborados siguiendo las formas de preguntas, que ya han sido cinceladas en su cerebro durante el transcurso de cada período lectivo.
Siendo yo, maestro; con criterio independiente; a quien sólo le anima el deseo de una superación que nos saque de los niveles de: cenicienta de la educación, con toda sinceridad, saludo el esfuerzo encomiable del Ciudadano Presidente de la República, Danilo Medina, encaminado a dotar al país de edificaciones con aulas adecuadas; pero la educación seguiría anémica, incapaz de lograr sus propósitos, si los incumbentes no se aprestan a una revisión e implementación de las medidas aconsejables, para eficientizar la educación, que, aunque en este artículo me he enfocado en el docente, sé que son muchos los aspectos a considerar.
