POR VINICIO LÓPEZ
Para Ecos del Sur
Cumplido los seis meses reglamentarios que establecía la Secretaría de Estado de Salud Pública y Asistencia Social para la permanencia máxima de un médico pasante en una clínica rural, pasamos al Subcentro de Salud de Cabral para terminar los cuatro últimos meses, y continuar luego como médico asistente hasta 1981, fecha en ganamos por concurso una plaza que nos permitió ingresar por segunda vez al Hospital Regional Jaime Mota como médico ayudante.
En esta segunda etapa no se percibían cambios relevantes con relación a las condiciones laborables anteriormente descriptas de reutilización de guantes y jeringuillas. También eran de múltiples usos las agujas para suturas de cirugías mayores y menores así como los trozos sobrantes de hilos que se introducían en un recipiente con solución desinfectante. Nuevamente fuimos a laborar al departamento de Pediatría al lado del Dr. Beltré Mora, siguiendo el mismo patrón laboral de cuando ejercimos como médico pasante.
En esta oportunidad se frustraron definitivamente mis intenciones de especializarme en pediatría. Era tan estrecho el contacto con nuestros pacientitos hospitalizados que identificábamos con demasiada frecuencia reingresos de los mismos niños desnutridos que dábamos de alta en semanas anteriores por padecimientos respiratorios y/o gastrointestinales. La marginalidad social, la falta de educación, la alimentación deficiente, el inadecuado suministro y manejo del agua potable y el hacinamiento de los hogares y barrios atentaban contra la recuperación de la salud en los enfermos, y la prevención de estas mismas enfermedades en los niños sanos.
Pero lo que más me impactaba negativamente era la hidratación parenteral que se realizaba mediante una práctica ya felizmente en desuso, que consistía en rasurar el cuero cabelludo del niño y colocarle las soluciones utilizando maripositas introducidas en las venas de la cabeza. Era una ardua labor de esas casi santas enfermeras con vocación y capacidad inigualables, pese a lo cual por la inquietud y los movimientos de los enfermitos las maripositas cuidadosamente bien ubicadas se salían de las frágiles venas cuando las enfermeras los dejaban al cuidado de las madres o familiares para trabajar en los mismos menesteres con otros afectados.
Como a estas soluciones se les añade potasio, al caer en los tejidos adyacentes originaban quemaduras químicas en zonas más o menos amplias según la cantidad de líquidos extravasados, resultando en deprimente aspecto por necrosis de los tejidos.
La especialidad en Anestesiología y Reanimación al momento solo contaba con una sola especialista titulada y un bien capacitado técnico para brindar ese servicio a toda la Región Enriquillo. Al cumplir casi un año salí por segunda vez del Hospital Jaime Mota a mediados de 1982, al ganar por concurso de oposición una de las únicas diez plazas disponibles a nivel nacional para hacer residencia médica de Anestesiología en el Hospital Dr. Darío Contreras. Existían otras cuatro oportunidades en el Hospital Cabral y Báez de Santiago y dos en el Hospital Salvador B. Gautier, a ninguna de las cuales concursamos.
Para Ecos del Sur
Cumplido los seis meses reglamentarios que establecía la Secretaría de Estado de Salud Pública y Asistencia Social para la permanencia máxima de un médico pasante en una clínica rural, pasamos al Subcentro de Salud de Cabral para terminar los cuatro últimos meses, y continuar luego como médico asistente hasta 1981, fecha en ganamos por concurso una plaza que nos permitió ingresar por segunda vez al Hospital Regional Jaime Mota como médico ayudante.
En esta segunda etapa no se percibían cambios relevantes con relación a las condiciones laborables anteriormente descriptas de reutilización de guantes y jeringuillas. También eran de múltiples usos las agujas para suturas de cirugías mayores y menores así como los trozos sobrantes de hilos que se introducían en un recipiente con solución desinfectante. Nuevamente fuimos a laborar al departamento de Pediatría al lado del Dr. Beltré Mora, siguiendo el mismo patrón laboral de cuando ejercimos como médico pasante.
En esta oportunidad se frustraron definitivamente mis intenciones de especializarme en pediatría. Era tan estrecho el contacto con nuestros pacientitos hospitalizados que identificábamos con demasiada frecuencia reingresos de los mismos niños desnutridos que dábamos de alta en semanas anteriores por padecimientos respiratorios y/o gastrointestinales. La marginalidad social, la falta de educación, la alimentación deficiente, el inadecuado suministro y manejo del agua potable y el hacinamiento de los hogares y barrios atentaban contra la recuperación de la salud en los enfermos, y la prevención de estas mismas enfermedades en los niños sanos.
Pero lo que más me impactaba negativamente era la hidratación parenteral que se realizaba mediante una práctica ya felizmente en desuso, que consistía en rasurar el cuero cabelludo del niño y colocarle las soluciones utilizando maripositas introducidas en las venas de la cabeza. Era una ardua labor de esas casi santas enfermeras con vocación y capacidad inigualables, pese a lo cual por la inquietud y los movimientos de los enfermitos las maripositas cuidadosamente bien ubicadas se salían de las frágiles venas cuando las enfermeras los dejaban al cuidado de las madres o familiares para trabajar en los mismos menesteres con otros afectados.
Como a estas soluciones se les añade potasio, al caer en los tejidos adyacentes originaban quemaduras químicas en zonas más o menos amplias según la cantidad de líquidos extravasados, resultando en deprimente aspecto por necrosis de los tejidos.
La especialidad en Anestesiología y Reanimación al momento solo contaba con una sola especialista titulada y un bien capacitado técnico para brindar ese servicio a toda la Región Enriquillo. Al cumplir casi un año salí por segunda vez del Hospital Jaime Mota a mediados de 1982, al ganar por concurso de oposición una de las únicas diez plazas disponibles a nivel nacional para hacer residencia médica de Anestesiología en el Hospital Dr. Darío Contreras. Existían otras cuatro oportunidades en el Hospital Cabral y Báez de Santiago y dos en el Hospital Salvador B. Gautier, a ninguna de las cuales concursamos.