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lunes, 3 de agosto de 2015

OPINION: En el tema de la delincuencia, muchos creen que la fiebre está en la sábana

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POR RUBEN DOMINICI

Personas con responsabilidades sociales e identificadas con las mejores causas, y hasta ciudadanos comunes, están tratando el tema de la delincuencia con tanta simpleza que a no ser por el tono empleado y la seriedad con que se expresan, cualquiera diría que lo hacen como simple entretenimiento.

Así las cosas, unos dicen que la delincuencia se origina en la irresponsabilidad de los padres de hoy en cuanto a no inculcarle a sus hijos los valores cívicos de antaño; los hay que creen que la delincuencia no es más que la falta de trabajo y oportunidades; y los más influenciados por el autoritarismo defienden a capa y espada que la delincuencia se controla con la modernización de la Policía Nacional y el fortalecimiento y articulación de las instituciones que conforman el sector. Esta tesis resalta la necesidad de más y mejor equipamiento, capacitación y mejoría sustancial de las condiciones laborales. 

Todas las propuestas tienen algo de verdad, unas más, otras menos.  Pero el fenómeno en cuestión es muy complejo por resultar de la interacción de variados factores económicos, sociales y políticos (principalmente), situación que aconseja un enfoque multidisciplinar con la mayor objetividad posible. 

Coherente con el planteamiento anterior, descarto de plano todo planteamiento sin sustento científico. De modo que para abordar seriamente el fenómeno de la delincuencia que hoy nos agobia, en mi particular juicio,  hay que recurrir, al menos, a la Economía, la Sociología, la Política y la Psicología Social. 

La Economía nos mostrará lo que ya se sabe, y es que el país ha tenido un asombroso crecimiento económico sostenido en los últimos 30 años paralelo a una extremada desigualdad en su distribución entre los diferentes sectores que componen la sociedad. 

Y con el auxilio de la Sociología sabremos si el factor determinante de la emigración rural masiva desde esa fecha hasta hoy hacia los llamados “Cinturones de Miseria” de las grandes ciudades fue el simple deseo de bailar en calle “de noche y de día”, o un efecto directo del drástico empeoramiento de las condiciones de vida de sus habitantes como resultado de la progresiva y sistemática reducción de la inversión estatal en el campo practicada por los todos los gobiernos a partir de Jorge Blanco hasta hoy día, en cumplimiento de los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional -FMI- de 1986.   

En la sangrienta semana del 23 al 29 de abril de 1986, principalmente en los primeros tres días, murieron cerca de 200 personas, y varios cientos fueron apresados y golpeados por decir NO de manera militante al aumento exorbitante que experimentaron los medicamentos y alimentos de primera necesidad porque el gobierno les retiró el subsidio estatal que tenían, como hizo con la agropecuaria.

La Política como ciencias nos ayudará a comprender cómo la concepción patrimonial del Estado y el liderazgo mesiánico facilitan que los políticos del sistema puedan predicar una cosa y hacer lo contrario en el manejo de los recursos públicos, en el cumplimiento de la Ley, y temas de democracia, participación, transparencia, equidad social y de género, respeto a los valores y principios, y otros afines.

Por la Psicología Social sabremos que un individuo o una población pueden perder la esperanza de mejorar una situación indeseada que les afecta, si todos los esfuerzos realizados han sido sistemáticamente infructuosos. Se resignan, en consecuencia, a vivir con la desgracia que no pueden desechar. 

De lo anterior vienen la sumisión al poderoso y a la autoridad, el “buscársela” a como dé lugar, el estar siempre con el que esté arriba, la ausencia de decoro, el considerar “pariguayo” y “pendejo” a todo el que no se rinda a los pies del que tiene poder o dinero, no importa si ese poder es ilegítimo y esa fortuna mal habida. Si Duarte resucitara lo mataran de inmediato, pero mientras eso no suceda, lo endiosan.

Pero no es eso solamente, como diría nuestro Poeta Nacional, Don Pedro Mir. Si profundizáramos  en esa disciplina sabremos también que pueden darse efectos contrarios a los anteriores. Veamos: “…Diversas fuentes de tensión pueden afectar al individuo, entre las que destacan la imposibilidad de lograr objetivos sociales positivos, ser privado de gratificaciones que posee o espera, y ser sometido a situaciones adversivas ineludibles” (Agnew, 2006; Garrido, Stangeland y Redondo, 2006, citados por Santiago Redondo Illescas y Antonio Andrés Pueyo, en Psicología de la Delincuencia.  Septiembre, número 3 Vol. 28, 2007.  

“Múltiples investigaciones han puesto de relieve la conexión entre las vivencias de tensión y la propensión a cometer ciertos delitos, especialmente delitos violentos" (Andrews y Bonta, 2006; Tittle, 2006, citados por los mismos autores).

Los dos párrafos anteriores forman parte de un artículo que escribí el 13 de marzo del pasado año en este mismo medio, y los utilizo aquí para reforzar la idea de que estamos enfocando el tema de la delincuencia como un efecto de la debilidad de la Policía Nacional y del Ministerio Público para actuar con manos duras contra los delincuentes, los comunes y corriente, los hijos de machepa, por supuesto.

Con ese enfoque se dejan fuera de análisis los reales factores que producen la actual delincuencia, que son, entre otros, el progresivo empobrecimiento de la mayoría de la población, la cada día más visible y palpable corrupción gubernamental, el irritable vínculo entre narcotráfico y autoridades, la dejadez de los funcionarios ante los reclamos de la población de mejoría de los servicios básicos, la impunidad que cubre a funcionarios y políticos, y un rosario de pestes más.

El cuadro anterior tiende a producir una de las dos siguientes situaciones: a) Un movimiento ascendente de luchas populares por reivindicaciones sociales profundas, que pudieran incluir la toma del poder político por los sectores afectados; b) Una espiral delincuencial que vaya progresivamente envolviéndolo todo, hasta llegar a poner en peligro el régimen político imperante, y que afecte significativamente lo económico, lo social y lo institucional. Y mientras persistan los factores de delincuencia citados, o seguiremos profundizando  a (b), o facilitaremos el surgimiento de (a). Ya veremos.

Pudiere ser, por otro lado, que sectores importantes del empresariado no quieran ninguna de las dos situaciones descritas, y en alianzas con otros sectores de poder propicien a mediano plazo una salida salomónica, un “convite” político que sirva de parche a la goma vieja, o un remiendo de tela nueva en el vestido viejo que nadie podrá predecir su duración. Quién sabe.