POR SANTO SALVADOR CUEVAS
Reconocer que la corrupción y la impunidad son males ancestrales que arrastramos y que tan perjudiciales han resultado para nuestra nación, es una valoración justa.
Erradicar a una y la otra es tarea pendiente en la República Dominicana, más toda acción debería ser justa y ejemplar.
Resulta y viene a ser que el reclamo contra la impunidad y la corrupción viene cargado (en la mayoría de los casos) de odio y deseos politiqueros, de ahí que los reclamos podrían ser valederos, pero pierden objetividad y justicia, dado que ese odio enfermiso y esa carga politiquera, lleva a tener corruptos preferidos y otros que, aunque resulten tan corruptos como los preferidos, para esos no hay juicio moral, ni guillotina social, al contrario, le toleran, le quieren y sonrien, y hasta les acompañamos en las marchas dirigidas contras los corruptos preferidos.
Eso por un lado.
Lo otro que debemos observar es el hecho de que ese odio patológico y politiquero, te impide el razonamiento lógico y te hace juez -con guillotina en manos- llegando a suplantar el rol que conlleva a un juicio justo y con el debido proceso, abierto, público y contradictorio.
Si permitieramos el rol que corresponde a los tribunales competentes, habría que terminar admitiendo que ninguno de los apresados es culpable, hasta que el juez investido para ello diga lo contrario.
Y, en termino personal, me resisto a creer que es cierta la acusación que pesa sobre Julio Cesar Valentin, Temitocles Montas y Radhames Segura.
Por ello, a la vez de pedir castigo para los que desfalcan la cosa pública, pido a los críticos "implacables", me permitan no usar las guillotinas a de tiempo y aguardar por el desarrollo de el juicio público.
Sólo pedimos una sola cosa, que sea televisado a todo el país.
