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Cayacoa Sanlatte González: Digno hijo de Barahona: In memoriam

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POR LEO MERCEDES

Conocí a Cayacoa en septiembre del año 1955 al ingresar al 5to curso de la escuela primaria Grupo Escolar Rafael L. Trujillo Molina, de Barahona, procedente del 3ro y último grado de la escuela de la Villa Cafetalera de Polo, corazón de la rebelde Sierra de Bahoruco. Me faltaban dos meses para cumplir 10 años; me recibió la tan delgada como dulce profesora Gladys Santana, ex compañera de estudios de mi madre. Como tal, resulté ser el más pequeño del curso, posición compartida con Nelson Báez del Villar dentro del grupo que los grandes identificaron como “Los chiquitos”, integrado por nosotros, Armando Paulino Lapaix, Milcíades-Cide-Padilla, Chucho Román, Ramón Chapman y otros. 

Entre los grandes estaban Cayacoa, los Milcíades-Micho, Vólquez y Encarnación, Oscar Oviedo, los Víctor, Coteno Dotel y Vicente Acevedo, Héctor-Gino-Melo, Marino-Buquí-Féliz, Rojito Carvajal, quienes tres años después integrarían el afamado equipo de beisbol juvenil Clase A “San Rafael” junto a otros jóvenes. Cayacoa y Víctor Vicente eran sus 2B y yo su recogebolas. En unos 40 alumnos, los grandes eran mayoría, entre ellos: nuestro héroe Ireno Olivero, Justo Luperón (Frank A.) Rogelio-Gelín-Pichardo, los Vinicio, Reyes y Vólquez, Domingo Avilés Peláez y otros que recuerdo, pero por ahorro de espacio no menciono.

La memoria me puede traicionar, por lo que pido excusas a los que aún viven si tal ocurre, pero en materia de participación y rendimiento académico en clases, entre los grandes del curso, Cayacoa destacaba, principalmente por su manejo de las matemáticas, así como por su carácter siempre alegre y afable, su dinamismo, coraje y agilidad, a pesar de su contextura siempre rellena. Su permanente y natural sonrisa era característica y virtud personal que le distinguía y era útil para atraer o llegar con facilidad a la gente.  
 
Para esos años se pusieron de moda en el cine las series y películas sobre las pandillas juveniles en Estados Unidos, y en los cines Ercilia y Unión se proyectaban en los “Matinee” vespertinos de los domingos (tanda infantil), convirtiéndose en un gran atractivo para adolescentes y jóvenes, a la vez que en un significativo impacto sobre las conductas individuales y sociales de muchos de ellos que, por suerte, no logró prosperar debido a las características paternal, poco rígida y controlada de la sociedad de entonces. 

Cayacoa, muy inteligente, inquieto, sobresaliente, un líder natural, no escapó a esas influencias y, para sorpresa de quienes le conocíamos, conformó “La pandilla de Cayacoa” con adolescentes de su vecindad, parque de los Suero y Villa Estela, que se hizo famosa en los barrios de la ciudad por sus métodos, agresividad y valentía. Pero, a diferencia de las pandillas gringas, cuyos miembros portaban armas blancas y de fuego, las armas de los “combatientes” del cacique aborigen eran sus puños y, para probarse y probarlos, implementaron la práctica de “atacar” temprano en la noche a los diferentes barrios para retar a los anfitriones a pelear, de manera individual o colectiva. 

A lo más que llegaron estos intercambios fue a pedreas, cuando los castigados en una primera visita o alertados en otra no estaban dispuestos a recibir a los aguerridos visitantes y se armaban de esos misiles para esperarlos e impedir su entrada al barrio y una cuasi segura pela. ¡Nunca a tragedias!  Por suerte, esa perniciosa influencia no prosperó y mucho menos podía hacerlo en un alma tan noble como la de Cayacoa.  

A partir del 8vo de intermedia y el 1ro de secundaria, cuando los adolescentes ya en tránsito hacia la juventud se veían obligados a abandonar los estudios para dedicarse a trabajar y ayudar con el sostén económico de la familia, tuvimos muchas y muy sentidas deserciones en el camino. Pero un número significativo nos mantuvimos unidos, entre ellos Cayacoa, que en 1er y 2do teóricos continuó descollando en su manejo de las Matemáticas y la Física, perfilando un futuro profesional de la ingeniería, a la que incitaban los profesores a quienes demostrábamos facilidad para entender y operar estos método y ciencia.

Cuando terminábamos el 2do teórico ajusticiaron al tirano Trujillo y, al entrar en septiembre a 3ro, ya el país ardía por las 4 esquinas al grito de libertad. Pero en el aula, mítines y movilizaciones estudiantiles contra los remanentes del trujillato, como era de esperarse de un líder desde niño, la presencia de Cayacoa no estaba. En conversación telefónica reciente sobre esos tiempos con un compañero de siempre me informó que él se nos fue delante, porque en vacaciones preparó y aprobó el 3ro e ingresó al 4to. de Matemáticas. Recordamos los parlantes que, al parecer, para entonces comenzaba o ya estaba involucrado en las actividades religiosas a las que posteriormente se dedicó por completo hasta convertirse en Pastor de Iglesia.

Para finales del año 1963, los bachilleres que por razones económicas no pudimos entrar en octubre a la Universidad de SD, única y de élites para entonces, seguimos en Barahona. Cayacoa, junto con el amigo y destacado locutor deportivo Cesar Medina, comenzó a integrar el recordado equipo de beisbol juvenil Clase A, “Los Jets”, con jóvenes del Puente y de la Playa. En enero del año siguientes yo ingresé como profesor de 5to Grado de la escuela primaria “Leonor Feltz”, en el local de la denominada “Escuelita de Dora”, de la calle Apolinar Perdomo, y entre mis alumnos estaban Sumba Ramírez Suero, Ruquel y Rogelín, miembros del equipo en formación, quienes me enamoraron para que yo jugara con ellos.

La integración no se hizo esperar al enterarme de que mi viejo amigo y compañero de aulas era el promotor principal y mánager del proyecto. Lo facilitó el hecho de que el conjunto de esa misma categoría al que yo pertenecía, Estrellas del Sur, se había desintegrado a final del ‘63. Aproveché para llevarme conmigo al también compañero de estudios Roger Acosta. Juntos dimos profundidad y fortaleza al equipo como 3B y CF, 2do y 3er bates, respectivamente. Esta nueva experiencia compartida consolidó más aún la hermandad existente entre Cayacoa y yo. Pero, para la segunda mitad del año 1964, dejó de frecuentar el play, quedando la dirección del equipo en manos de César. El buen amigo volvió a desaparecérseme; creo lo absorbieron por completo sus compromisos religiosos. 

Sin embargo, los Jets continuaron su marcha triunfadora hasta finales del año 1965, cuando se desintegraron tras la partida hacia Santo Domingo de César Medina. Después de conformar a principios de 1966 “Los Buenos Amigos”, un invencible equipo de igual categoría, yo también regresé en julio a la universidad, ya convertida en UASD, a continuar mis estudios iniciados en marzo de 1965 e interrumpidos por el estallido de la insurrección el 24 de abril de ese año, a la cual me incorporé del lado de La Trinchera del Honor.

En mayo de 1968 se celebraron en el país elecciones municipales para elegir síndicos y regidores. El PRD, radicalizado, y la izquierda marxista llamaron a la abstención, no así el Partido Revolucionario Socialcristiano-PRSC, de centroizquierda (el del “machete verde”, no el del “gallo colorao”) del cual yo era secretario general de la Juventud y del Comité Municipal de Barahona. La Comisión Nacional de Organización me envió desde la Capital para asistir al Dr. Luciano Martínez, líder provincial del partido, quien al recibirme me informó que tenía un candidato a Síndico, el prof. Cayacoa Sanlatte. 

¡Vaya sorpresa más agradable: ¡Mi muy querido compañero de aulas y de equipo, ahora también resulta ser mi compañero de partido! Me sentí feliz. Le respondí que esa era la mejor opción y el mejor candidato a sindico entre todos los contendientes. La Convención Municipal lo eligió como tal a unanimidad, hicimos la campaña y recorrimos juntos, día y noche, toda la provincia; creo que quedamos en 3er lugar. Perdimos las elecciones, pero Cayacoa y yo ganamos estrechando más los sólidos lazos de amor y amistad que nos fundieron para siempre en una gran hermandad. Regresé a SD y luego supe que se fue a estudiar a EE.UU. 

Después me enteré de que allí se graduó de Ing. de Minas, de que volvió al país y en 1986 me sorprendió la agradable noticia de que Dr. Balaguer, mediante decreto designaba al Ing. Cayacoa Sanlatte director general de Minería. Lo celebré más que si hubiese sido yo el elegido. Esperé que pasaran los días del protocolo de toma de posesión e instalación de los nuevos funcionarios, lo llamé, coordinamos y a los pocos días estábamos fundiéndonos en un cálido abrazo en su despacho.

Hoy me parte el alma saber que se ha ido de nuevo, esta vez para jamás regresar. Y que ya no volveremos a reencontrarnos y a fundirnos en abrazos como siempre lo hicimos ante cada regreso.

¡Hasta siempre querido amigo del alma, compañero de aula y de partido, colega y hermano, QEPD!