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Porqué no prefiero el dinero ilícito.

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Por Carlos Julio Féliz Vidal

Ejerzo una de las profesiones que más facilidades da para la corrupción, el enriquecimiento ilícito y el soborno, la abogacía.

He tenido abundancia y escasez de bienes materiales, pero siempre he vivido feliz, con mi conciencia tranquila.

La felicidad no la da la acumulación ilícita. La felicidad depende de pequeñas cosas, por las que no se paga, que tienen un valor superior al dinero, y, que muchas veces, no puede disfrutar quien maneja fortunas indebidas.

Aprendí de niño a respetar los bienes del otro; aprendí también a trabajar y producir.

He manejado mucho dinero ajeno, del Estado, de empresas, de clientes, jamás me ha tentado ese dinero. 

La corrupción, el tráfico de drogas, el tráfico de influencia, dejan a muchas personas con sumas escandalosas de dinero, pero les privan de la tranquilidad del alma y, aveces, de la libertad del cuerpo.

El dinero lícito puede provenir de múltiples fuentes; exige trabajo y sacrificio, pero como el vino añejo, da un nivel magnífico de complacencia, como el buen sexo, relaja el introito de la existencia, como el aire puro, es vida a los pulmones.

Doy gracias a Dios, a la formación de mis padres y a la grandeza de las personas  que a lo largo de mi vida, me han inspirado a cultivar la dignidad como valor y la transparencia como norte.

Por esos motivos, no me anima conseguir, ni usufructuar, riquezas ilícitas.