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Una historia de pescadores alimentada de sincretismos y obstinación

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 Eddy Mateo Vásquez, profesor universitario, escritor y político. A la derecha, la portada del su libro "En la última espera"

Petra Saviñón  

Cuál es la posibilidad de que la segunda parte de un mensaje encontrado en una botella llegue a la misma costa y lo reciba la misma persona que halló el primero? Esto sobre todo si es tomado en cuenta que el primer “objeto cilíndrico” cayó en esas manos siglos después de ser enviado.

La esencia de la trama que trastornó la vida de Crisóstomo Villanueva en la novela En la última espera, de Eddy Mateo Vásquez, nos arroja a una narrativa llena de historias de pescadores y salpicada de prosa poética, que es en realidad una gran historia de pescadores, que funde y desglosa el realismo mágico, la fantasía, las leyendas rurales y el sincretismo religioso.

En la aldea de Puerto Blanco, a raíz del hallazgo de un documento que consignaba la existencia de un tesoro, ocurren las más disímiles desgracias, originadas todas en la ambición, el egoísmo.

El protagonista y su pareja, Clemencia Olivares, esperan ilusos la llegada de un segundo frasco con la descripción del lugar en el que fueron enterradas riquezas a ser usadas en obras sociales a modo de expiar las culpas por las atrocidades cometidas por los conquistadores ¿Un reclamo velado, sutil del escritor a esos atropellos coloniales?

Así, como matruskas, muñecas rusas que guardan un ser dentro de otro y de otros, esta historia nos cubre con pinceladas de otras ancestrales que los pescadores cuentan de generación en generación y los que conocen estos poblados imaginan fácil el escenario bajo la luz de la luna, sobre todo en noches sin energía eléctrica.

El lenguaje a ratos coloquial, a veces culto, convierte el discurso en una mezcla que recordaría la dominicanidad. Mas, es difícil ubicar un espacio, pues ningún elemento delata de forma precisa la región en la que discurre esta leyenda de Mateo Vásquez, que pudiera engrosar la carpeta criolla y la de otros lares.

Ni siquiera es posible determinar si ha querido fijarla en el país ¿A propósito o por azar? Pues su esquema refleja a cualquier nación, no solo del Caribe, de América Latina, con una cultura nacida de la cópula entre África y Europa, representada por ejemplo, en la mulata y el italiano que muerden sus labios hasta sangrar.

Ese sincretismo, igual está caracterizado en el dolor y la invocación a las divinidades en un ruego desesperado de fieles que echan mano a los santos católicos, de los que esperan su protección después de invocarlos entre tragos de ron y chupadas de tabaco.

Puerto Blanco es un lugar tranquilo. Exhibe una prosperidad construida por generaciones de nativos e inmigrantes que unieron su trabajo y sus cuerpos para formar el lugar que de vez en cuando evoca la época victoriana y de piratas y corsarios.

Crisóstomo Villanueva, hijo, nieto, bisnieto, tataranieto y chorno de lobos de mar es valiente, orgulloso, instruido para matar cuando un semejante ose tocarle el rostro y así lo hizo en defensa de una mujer. Sin embargo, si el narrador remite a la caballerosidad, más tarde traslada al pecado original, ese en el que Eva hace que Adán muerda la manzana y levante desgracias.

¿Cuándo ocurre este cambio drástico? ¿De forma consciente o sola interpretación del lector?

Después de defender a Clemencia Olivares de Leopoldo Soriano, un individuo sin escrúpulos, el joven Crisóstomo va a la cárcel por tres años y al salir contraen matrimonio. Pareja ejemplar, hasta que este hombre halla la botella y mañana tras mañana antes del alba acude al mar a esperar el segundo mensaje. Diez años ininterrumpidos.

Confiesa a la esposa y en una escena semejante a la lechera de los mil planes, detalla el uso del tesoro para bien del pueblo pero ¡oh! la mujer lo convence de sacar provecho personal. Ahí arranca la hilera de infortunios, que incluyen la muerte de dos hijos, el fuego que devasta el poblado, y una serie de sucesos terroríficos.

Aunque Mateo Vásquez inicia En la última espera a modo de prefacio con el libro de Job, son personajes contrapuestos. Mientras uno perdía fiel a sus principios las riquezas, al otro el egoísmo le arrebataba las suyas sin desistir del uso que daría a lo aún no poseído y pese a las vicisitudes, su fijación le llevaba a diario al lugar en el que presumía hallaría la segunda botella.

Después de todas las tragedias sobre su casa y la población y hacinado en una casucha, recibe la visita de la difunta madre, que le recrimina su proceder y le pide reflexionar, lo que le hace girar e intentar el reencuentro consigo. Era tarde.

Esta recreación es también una manera de recordar y/o enseñar una tradición en la que pesa el papel de los muertos desde donde estén y sobre todo una interesante descripción del ritual mortuorio, de los preparativos del cuerpo para habitar otro espacio.

En las páginas finales y en un cambio repentino de la hora de vigilia, Crisóstomo acude al acantilado a medianoche. De repente un grupo de hombres desmonta una carga de un barco, renace entonces la esperanza y asume que esta vez sí es el tesoro (pese a que la información del lugar donde estaba escondido llegaría en el segundo mensaje ¿Confusión de Crisóstomo?).

Es ahí cuando la obra da uno de sus tantos saltos y va desde el ataque que sufre esa noche al ser descubierto por los hombres, hasta otro episodio, el de la esposa y el cura que desentierran del mensaje que como un tesoro más ocultó bajo un árbol desde que lo encontró y queda la duda de lo que habrá pasado con el desafortunado protagonista.

Unas páginas más adelante culmina con las honras fúnebres y deja la sensación de un abuelo que ha contado toda esta historia a un nieto que lo mira asombrado y que trata de entender esa obstinación ¿Absurda? que cambió la vida de toda una comarca.