Tradicionalmente, la Navidad ha sido una época que evoca unidad familiar, vivencias imborrables inculcadas desde nuestras infancias.
Se trata de un espacio para compartir con los nuestros, los de aquí y los que retornan por unos días, para: abrazarnos, reír, recordar anécdotas y renovar cariños.
Ya no es así. Esta generación se está perdiendo gracias al esfuerzo de pocos. Esas ansias de ver espectáculos de pirotecnia profesional en el cielo, en este país desapareció, no por voluntad popular, sino de quienes dirigen, por procurar prohibir en vez de regular.
Apuestan a ganar adeptos por coyunturas en cargos, sin calcular que lo que logran es que nuestra idiosincrasia siga desvaneciéndose.
Aún así, no perdemos la esperanza de que el Año Nuevo haga recapacitar a quienes atentan contra nuestras costumbres y tradiciones, ya que acabamos de vivir días tristes como pocos en décadas.