Lo ocurrido en Venezuela marca un punto de quiebre histórico. El derrocamiento de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, anunciado y ejecutado bajo el liderazgo político de Donald Trump, no solo cambia el tablero interno venezolano, rompe abiertamente las reglas del orden internacional vigente.
Trump no actuó con sutilezas. Justificó la intervención bajo el discurso del combate al narcotráfico, la restauración de la democracia y la “liberación” de un pueblo secuestrado por una dictadura. Para muchos venezolanos dentro y fuera del país, la caída de Maduro representa el fin de un ciclo de miseria, represión y colapso institucional. Ese sentimiento no es menor ni debe despreciarse.
Sin embargo, la forma importa, y aquí está el verdadero problema.
Desde el punto de vista del derecho internacional, la acción estadounidense es indefendible. No hubo mandato de la ONU, no existía una amenaza inminente que justificara la legítima defensa y, mucho menos, base legal alguna para que un Estado anuncie que dirigirá transitoriamente a otro país soberano. Esto no es una zona gris,
es una violación directa a la soberanía venezolana y a la Carta de las Naciones Unidas.
El precedente es peligrosísimo. Si Estados Unidos puede derrocar un gobierno y administrar un país por decisión unilateral, ¿qué impide que otras potencias hagan lo mismo mañana? El mensaje al mundo es claro, la fuerza vuelve a imponerse sobre la ley.
Tampoco puede ignorarse el factor petróleo. Venezuela no es solo un país en crisis; es el país con las mayores reservas probadas de crudo del planeta. Pensar que esta intervención es puramente altruista sería, como mínimo, ingenuo. La historia demuestra que cuando Washington “rescata democracias”, casi siempre hay intereses estratégicos y económicos detrás.
¿Puede esta intervención traer estabilidad y elecciones reales? Es posible. ¿Puede también derivar en una ocupación encubierta, dependencia externa y pérdida de autodeterminación? También.
El derrocamiento de Maduro puede ser celebrado por algunos, pero el método utilizado debilita el sistema internacional y deja a América Latina más vulnerable que nunca. Hoy fue Venezuela. Mañana podría ser cualquier otro país que incomode a una potencia.
La pregunta ya no es si Maduro debía salir del poder.
La verdadera pregunta es: ¿a qué precio y bajo qué reglas estamos dispuestos a aceptar ese cambio?
.webp)