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domingo, 25 de enero de 2026

La política para los políticos

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Por Xavier Carrasco

El hogar en el que me crié no fue únicamente un espacio de vivienda; fue también un comando político del Partido Revolucionario Dominicano (PRD). Más adelante, durante varios años, viví con mi tía que su casa sirvió de escenario para la fundación del Partido Revolucionario Moderno (PRM) en Barahona. En esos dos hogares marcados por la militancia, el debate y la pasión política, siendo niño, adolescente y luego joven, escuché con frecuencia una frase que aún hoy me provoca reflexión: “la política es para los políticos”

A veces creo entender todo lo que esa expresión encierra; otras veces, no tanto. Y debo admitir que, aunque pueda parecerlo, no me considero político en sentido pleno. Me faltan aún muchas cosas por aprender y muchos caminos por recorrer. Sin embargo, hay verdades que la experiencia y la observación hacen evidentes.

Una de ellas es que la política, como ejercicio de poder y administración del Estado, debe estar fundamentalmente en manos de quienes se han formado para ella. No por elitismo, sino por responsabilidad. En amplias medidas, los escándalos de corrupción ocurridos durante el gobierno del presidente Luis Abinader no han tenido como protagonistas a políticos de carrera, sino a figuras provenientes de la sociedad civil y del sector empresarial que, al asumir funciones públicas, demostraron graves deficiencias en el manejo de los fondos del Estado. Casos como los de Santiago Hazim, Bartolomé Pujals, Rafael Feliz o Ángel Hernández evidencian que la buena intención o el prestigio previo no sustituyen la formación política ni la comprensión del servicio público.

Pero este fenómeno no es exclusivo del actual gobierno. Al expresidente Danilo Medina le ocurrió algo similar; muchos de los mayores casos de corrupción atribuidos a su administración estuvieron vinculados a personas que no eran políticos en el sentido estricto, pero que asumieron roles de alta responsabilidad y terminaron comprometiendo la credibilidad del gobierno. Donald Guerrero, José Ramón Peralta o Gonzalo Castillo no provenían de una trayectoria política clásica, y aun así ocuparon posiciones clave cuyos resultados fueron ampliamente cuestionados.

La lección parece clara: gobernar no es improvisar. La política no es un experimento ni un espacio para ensayos fallidos. Es una disciplina que requiere formación, ética, experiencia y comprensión profunda del Estado y de la sociedad que se administra.

Como dice el viejo refrán, “zapatero a tu zapato”. Y en política, esa frase cobra pleno sentido: el país necesita servidores públicos preparados para gobernar, no aficionados con poder. Porque cuando la política deja de estar en manos de políticos responsables, el precio siempre lo termina pagando la ciudadanía.