Lo he señalado antes y los datos lo confirman: la violencia que más vidas cobra no es la que ocurre en ocasión de robo, sino la que se produce entre personas que se conocen: familiares, parejas, vecinos o allegados. El reciente hecho ocurrido en San Francisco de Macorís, donde una mujer fue asesinada por su propia hermana, lo evidencia de forma trágica.
A esto se suma lo ocurrido en Barahona, donde una persona hirió a varias otras en un centro de diversión mientras compartían, en un contexto de tensión social provocado por la prolongada falta de energía eléctrica que afectó la provincia durante todo el día.
No fue un robo, fue un conflicto entre personas en un espacio de convivencia.
Estos hechos no surgen de manera espontánea. Son el resultado de conflictos acumulados, emociones desbordadas y fallas estructurales de prevención. Insistir en responder únicamente con más patrullas y más fuerza es persistir en un diagnóstico equivocado.
La intervención debe centrarse en este tipo de violencia, con prevención real y trabajo de campo: criminología aplicada, atención temprana y la participación de criminólogos, sociólogos, psicólogos, orientadores y psiquiatras, junto a una policía verdaderamente preventiva.
Seguir actuando desde la improvisación, el miedo y la reacción tardía no es una política de seguridad: es una renuncia a prevenir muertes que eran evitables.
