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viernes, 2 de enero de 2026

Remenear la mata: el único oxígeno posible para el gobierno de Luis Abinader

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Por Elvin Castillo

El calendario político no se detiene, y el gobierno del presidente Luis Abinader ha entrado en una etapa donde el tiempo se convirtió en su principal adversario. Iniciar un nuevo año sin hacer cambios profundos en un tren gubernamental agotado, ineficiente y desconectado del sentir ciudadano sería un error estratégico de alto costo político.

No existe mejor momento que este para cancelar, sustituir y reorganizar. El año nuevo ofrece una ventana de oxígeno, una pausa simbólica que permite corregir rumbos sin que el desgaste sea irreversible. Pero ese oxígeno solo sirve si se utiliza; de lo contrario, se convierte en aire viciado.

La gente está cansada. Cansada de excusas, de funcionarios que no resuelven, de discursos repetidos, de promesas recicladas y de un costo de vida que asfixia mientras desde el poder se insiste en explicar lo inexplicable. La paciencia social no es infinita, y cuando se agota, no avisa.

Hay un grupo de funcionarios cuya permanencia ya no se explica ni por resultados ni por percepción pública. Limber Cruz, Celso Marranzini, Faride Raful, Tony Peña Guaba, Milagros Ortiz Bosch, Carlos Pimentel, Gloria Reyes, Eduardo Estrella, Ito Bisonó, Francisco Torres y Alejandro Fernández W encabezan una lista que no nace del capricho, sino de la acumulación de frustraciones ciudadanas y de la sensación de inoperancia frente a problemas concretos.

El problema no es solo de gestión, sino de credibilidad. Un gobierno puede cometer errores, pero no puede darse el lujo de parecer indiferente. Y hoy, para amplios sectores de la población, el Estado luce lento, reactivo, justificativo y, en ocasiones, desconectado de la realidad cotidiana.

Si el presidente Abinader aspira a terminar su mandato relativamente tranquilo, necesita entender que gobernar también es saber soltar lastre. Ningún proyecto político se salva defendiendo lo indefendible. La lealtad personal no puede estar por encima del interés público, ni la comodidad política por encima de la gobernabilidad.

Más aún: si el oficialismo quiere mantener alguna posibilidad real de competir en 2028, debe comenzar desde ahora a reconstruir confianza. Eso no se logra con spots ni con narrativas optimistas, sino con decisiones firmes, cambios visibles y resultados medibles. La política es percepción, y hoy la percepción no favorece.

Remenear la mata no es una señal de debilidad; es una muestra de liderazgo. Cambiar funcionarios no es admitir fracaso, es corregir a tiempo. Persistir en el error, en cambio, sí es una forma de fracaso anunciado.

El país no necesita más explicaciones técnicas ni más ruedas de prensa defensivas. Necesita soluciones, eficiencia, empatía y un gobierno que entienda que la calle va más rápido que los escritorios.

El reloj corre. El desgaste avanza. El margen se estrecha. El presidente todavía tiene una oportunidad: escuchar, actuar y cambiar.

Si no lo hace ahora, después será demasiado tarde.