Aquí se habla mucho de transformación digital. Demasiado, diría yo. Pero cuando uno baja del discurso y mira la realidad, lo que encuentra es otra cosa. Jóvenes con talento, con ganas, con hambre de futuro, y un sistema que no les da ni las herramientas mínimas para competir.
La brecha digital no es una teoría. Es un muchacho que no puede entregar una tarea porque no tiene internet en su casa. Es una joven que sabe que podría hacer más, pero lo único que tiene es un celular viejo y datos que se acaban rápido. Es entrar a una escuela pública y ver un aula llena de estudiantes mirando al frente, mientras afuera se va la luz y con ella se va también la posibilidad de conectarse, estudiar o avanzar ese día. Es tener capacidad, pero no tener cómo.
El Estado llega tarde. Y cuando llega, llega mal. Se anuncian programas, se reparten palabras bonitas, pero en la práctica muchos jóvenes siguen fuera. Porque conectar un barrio no es solo poner Wi-Fi. Es formar, acompañar, dar seguimiento. Es entender que sin equipos, sin capacitación real y sin oportunidades concretas, la digitalización se queda en discurso. Esto no es desconocimiento: es falta de prioridad.
Seguimos preparando jóvenes para un mercado que ya no existe. Como si el mundo no hubiera cambiado. Como si el trabajo remoto no fuera una realidad. Como si la tecnología no estuviera definiendo quién progresa y quién se queda atrás. Ahí hay una falla política grave, y hay que decirlo sin rodeos, porque las consecuencias no son abstractas: son sociales, económicas y generacionales.
Y a todo eso se suma algo de lo que casi no se habla: el desgaste mental. La presión. La ansiedad. La sensación de que por más que te esfuerces, no arrancas. Muchos jóvenes no están frustrados porque no quieren trabajar, sino porque sienten que el sistema les cerró la puerta antes de empezar.
Un joven agotado emocionalmente no innova. No emprende. No cree. Y si no cree, se desconecta. Por eso hablar de transformación digital sin hablar de salud mental es una irresponsabilidad. No se puede exigir productividad cuando no se cuida a la gente ni se reconoce el peso que están cargando.
La juventud no está pidiendo regalos. Está pidiendo condiciones. Está pidiendo que el Estado deje de hablarle desde arriba y empiece a caminar a su lado. La tecnología puede ser una oportunidad enorme, pero solo si se convierte en empleo, en formación útil y en esperanza real, no en promesas recicladas.
Hablar de futuro mientras se excluye a la juventud es una forma elegante de lavarse las manos. Pero la realidad no perdona. Un país que abandona a sus jóvenes no se queda tranquilo: se queda sin rumbo. Y cuando un país pierde el rumbo, lo que viene no es progreso, es conflicto.
