La noticia política más relevante de la semana estuvo marcada por la emisión de varios decretos que dispusieron cambios en distintas instituciones del gobierno. Movimientos de ministros, designaciones y traslados que, como es natural en cualquier escenario político, generaron reacciones diversas, tanto de apoyo como de rechazo, incluso dentro de las propias filas del partido de gobierno, entre dirigentes, militantes y simpatizantes.
Estas reacciones no deben sorprender. Todo cambio genera resistencia, y en política esa resistencia suele ser aún más visible. Sin embargo, lo cierto es que el gobierno necesitaba enviar una señal clara de renovación. Era una decisión necesaria y oportuna, sobre todo para un gobierno que, aunque se presenta como una propuesta de cambio, mantenía en algunas posiciones a figuras percibidas por el colectivo como viejas o cuestionadas.
Ahora bien, más allá de la renovación en sí misma, la lectura política de algunos de estos movimientos obliga a una reflexión más profunda. Es fundamental tener cuidado con la colocación de personas cuya trayectoria no es política y que no poseen un compromiso real con el proyecto que hoy gobierna. La experiencia reciente demuestra que, en momentos de crisis, aquellos que solo se asumen como “técnicos”, sin arraigo ni lealtad partidaria, suelen ser los primeros en abandonar el barco y, en muchos casos, pasar a la acera de enfrente.
Esta preocupación no es nueva. Uno de los cuestionamientos más reiterados al gobierno desde el año 2020 ha sido la falta de una integración efectiva de cuadros políticos en posiciones clave y estratégicas del Estado. Personas que, además de tener las competencias profesionales necesarias, conocen la historia, el sacrificio y el trabajo político que hizo posible la llegada de este proyecto al poder. En no pocos casos, esos espacios han sido ocupados por individuos ajenos a esa realidad, desconectados de las bases y de la lucha que consolidó esas conquistas.
Sin lugar a dudas, el gobierno amerita una renovación. Necesita enviar un mensaje firme de relanzamiento, con nuevos actores, energías renovadas y caras frescas. Pero esa renovación no puede ni debe hacerse al margen del plan, la visión y los objetivos que dieron origen a este gobierno. Mucho menos poniendo en riesgo posiciones estratégicas que requieren no solo capacidad técnica, sino también compromiso político y sentido de pertenencia.
Porque gobernar no es solo administrar, es también defender un proyecto, y esa defensa solo puede recaer en quienes creen en él, lo sienten propio y lo sostienen incluso cuando no ocupan un cargo.
Al final, renovar no es cambiar nombres, sino fortalecer convicciones para que el proyecto no pierda su rumbo.
