Nada de esto es casualidad: cuando se gobierna mal, el desorden termina llegando a la casa de la gente. El año que termina no deja balance, deja factura. Una factura que ya llegó, aunque muchos todavía no saben cómo van a pagarla. Porque este no fue solo un año difícil. Fue un año que fue minando la paciencia y el ánimo de la gente, con una economía que no se cayó de golpe, pero apretó todos los días un poco más.
La vida se volvió más cara sin que el ingreso creciera al mismo ritmo. Comprar comida básica exige más sacrificio, pagar servicios se volvió un acto de resistencia y ahorrar es, para muchos, una palabra del pasado. Basta con ir al colmado, al supermercado o intentar pagar un alquiler para entenderlo sin estadísticas. Mientras los discursos hablan de cifras macroeconómicas, la realidad cotidiana dice otra cosa: menos alcanza, más preocupa y casi nada tranquiliza.
También la salud se volvió una fuente de angustia. Enfermarse ya no es solo una preocupación médica, es un riesgo financiero. Muchos dominicanos enfrentan la enfermedad con miedo al costo, no al diagnóstico. La seguridad social, que debía dar paz, hoy suma estrés a un país que ya vive agotado.
A ese agobio económico se le sumaron los apagones, que regresaron como un recordatorio incómodo de que el país no avanza en línea recta. Sectores enteros viviendo con la incertidumbre diaria de si habrá luz, negocios pequeños perdiendo mercancía, familias organizando su rutina alrededor de la oscuridad. Cada apagón no es solo oscuridad, es dinero perdido, es estrés acumulado, es un país que retrocede horas cada día. No es solo falta de electricidad, es falta de planificación, de respeto y de respuesta.
La inseguridad terminó de cerrar el círculo. La delincuencia dejó de ser noticia aislada para convertirse en conversación diaria. Robos, atracos, violencia sin horario ni territorio. La gente dejó de salir igual, de llegar tarde, de confiar. La sensación de vulnerabilidad se instaló en barrios, residenciales y comercios. Y cuando el miedo se normaliza, la sociedad empieza a endurecerse por dentro.
Como si todo eso no bastara, los casos de corrupción siguieron apareciendo como gotas constantes sobre una piedra ya agrietada. No escandalizan como antes, y eso es lo más peligroso. No es solo un problema moral. Cada caso de corrupción es dinero que no llega a la luz, a la seguridad ni al alivio económico que la gente espera. El problema no es solo la corrupción, es que ya no sorprende. Y cuando eso pasa, algo anda muy mal.
Todo esto no ocurre por separado. Se acumula. Y cuando se acumula, pasa factura social.
Con este panorama entramos a 2026. No con esperanza clara, sino con incertidumbre espesa. No estamos entrando a un nuevo año, estamos entrando a una etapa más incómoda y más peligrosa. Un período que, si no hay correcciones profundas, puede traer más tensión social, más frustración económica y más distancia entre la gente y quienes gobiernan. El problema se agrava cuando las decisiones se toman lejos de la vida real de la gente.
El riesgo no es solo que las cosas sigan mal. El riesgo es que empeoren sin que nadie parezca tener control. Que el caos se vuelva rutina, que el malestar se acumule sin salida visible, que el silencio de hoy sea el estallido de mañana. Y si ese escenario se concreta, no será por mala suerte, sino por decisiones, o por la falta de ellas.
2026 no será un año tranquilo. Será un año de tensión social. O se toman decisiones serias, o el país seguirá avanzando a ciegas, apagón tras apagón, escándalo tras escándalo, miedo tras miedo. No porque el pueblo no aguante, sino porque ningún pueblo puede sostener indefinidamente una vida sin certezas.
La historia enseña que los países no estallan cuando todo se cae, sino cuando la gente siente que nadie está escuchando.
