En política se habla mucho de estrategia, de números, de coyunturas y de poder. Pero se habla poco de algo que sostiene todo eso sin que se note: el agradecimiento. Y cuando el agradecimiento desaparece, la política se vuelve una actividad fría, utilitaria y profundamente deshumanizada.
Ser agradecido en política no es sumisión, ni falta de criterio, ni renunciar a pensar por cuenta propia. Es reconocer de dónde vienes, quién te abrió una puerta cuando nadie te conocía, quién apostó por ti cuando no eras rentable ni popular. Eso no te quita independencia. Te da identidad.
La lealtad, mal entendida, ha sido usada como excusa para justificar silencios incómodos o errores evidentes. Pero la verdadera lealtad no es ciega ni automática. Es consciente. Es elegir permanecer cuando sería más fácil irse. Es defender un proyecto no porque conviene hoy, sino porque creíste en él cuando costaba.
Seguir a un líder que ha dado por ti tiempo, respaldo, orientación y hasta protección política no es un acto menor. En una cultura política donde muchos solo se acercan cuando hay cargos o ventajas, mantenerse firme al lado de quien te ayudó a crecer políticamente, asumiéndote en su equipo de trabajo en los cargos que ocupó en la administración pública, dice más de tu carácter que de tu ambición. No se trata de idolatrar personas. Se trata de honrar procesos.
Ser agradecido también implica algo muy concreto: no andar “acabando” con quienes te dieron oportunidades. No se trata de callar críticas legítimas ni de justificar errores, sino de entender que hay formas y momentos. Hay una diferencia clara entre disentir con altura y destruir con resentimiento. En política, quien reniega de su propia historia termina quedándose sin relato y sin respeto. Porque nadie confía en quien muerde la mano que ayer lo sostuvo.
Y aquí entra un tema del que casi nadie quiere hablar en voz alta: la amistad en política. Muchos dicen que no existe. Yo creo que existe, pero es exigente. No es de aplausos constantes ni de sonrisas para la foto. Es de conversaciones incómodas, de lealtades probadas en momentos difíciles, de silencios que protegen y de palabras que corrigen a tiempo.
La amistad política verdadera no te empuja a traicionar para escalar, ni te abandona cuando pierdes poder. Camina contigo cuando ganas y cuando pierdes. Y eso, en este ambiente, es raro. Por eso vale.
Hay líderes que no solo te dan una posición, sino una escuela. Te enseñan a pensar el país, a leer el momento, a entender que la política es una carrera larga y no una carrera desesperada. Cuando alguien así ha creído en ti, responder con gratitud y lealtad no es un favor personal. Es coherencia.
La política dominicana está llena de gente talentosa. Lo que escasea es gente agradecida. Y cuando el agradecimiento se pierde, también se pierde la palabra, se pierde el respeto y se pierde la confianza.
Porque al final, los proyectos no se sostienen solo con ideas. Se sostienen con relaciones humanas bien cuidadas. Y en política, agradecer, ser leal y saber distinguir una amistad verdadera no te hace débil. Te hace confiable. Y eso, en estos tiempos, es poder del bueno.
El autor es: Dirigente político y comunicador.
