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domingo, 8 de febrero de 2026

¿División en el PRM de cara al 2028?

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Por Xavier Carrasco

Platón (427–347 a. C.) concebía la política como el ejercicio del gobierno basado en el conocimiento del bien y la justicia. Para el filósofo griego, el poder debía estar en manos de los sabios, pues solo quien conoce la verdad está en condiciones de gobernar correctamente. Esta idea, lejos de ser una abstracción filosófica, nos remite a una verdad concreta: la política es una ciencia y, como tal, exige formación, comprensión del contexto histórico y una lectura correcta de las realidades sociales.

En los últimos tiempos se ha vuelto recurrente, especialmente en redes sociales y en algunos programas de opinión, la tesis de una posible división del Partido Revolucionario Moderno (PRM) de cara a las elecciones presidenciales de 2028. Dichas especulaciones suelen sustentarse en analogías históricas que persiguen a los llamados “blancos”, evocando rupturas ocurridas en los años 1986, 1990, 2004 y 2012. Sin embargo, aunque la historia sirve de referencia, sus circunstancias no siempre son mecánicamente repetibles.

Cuando se examinan con detenimiento aquellos episodios, se advierten diferencias sustanciales con la realidad actual. Jacobo Majluta y José Francisco Peña Gómez no pertenecían a una misma clase social; Jacobo Majluta y Salvador Jorge Blanco tampoco. Lo mismo ocurrió entre Hatuey De Camps e Hipólito Mejía, y posteriormente entre Hipólito Mejía y Miguel Vargas Maldonado. Incluso en el caso más reciente del Partido de la Liberación Dominicana, la ruptura entre Leonel Fernández y Danilo Medina fue esencialmente política, aunque ambos compartían orígenes sociales similares: Danilo desde Arroyo Cano y Leonel desde Villa Juana.

En todos esos procesos, el factor determinante fue la incompatibilidad de liderazgos fuertes dentro de una misma estructura partidaria, en contextos donde la lucha por el control político superó cualquier lógica de cohesión. Eran momentos en los que los liderazgos no podían coexistir sin colisión.

La realidad que hoy se presenta en el PRM es distinta. Los principales precandidatos o presidenciables comparten no solo una visión relativamente homogénea del poder, sino que pertenecen, en términos generales, a una misma clase social. Este elemento, muchas veces subestimado en el análisis político, introduce un factor de contención que dificulta escenarios de ruptura.

Más allá de las diferencias personales o estratégicas, existe una conciencia común de intereses que actúa como freno a la división. A ello se suma un componente generacional relevante: se trata, en su mayoría, de liderazgos jóvenes, conscientes de que “todos pueden ser”, pero no al mismo tiempo. A diferencia de generaciones anteriores, cuya edad y contexto histórico los empujaban a actuar con premura, los actores actuales cuentan con un margen temporal que les permite administrar la competencia interna sin necesidad de romper.

Si esta realidad no se comprende si no se asimila la lógica de la política tal como la describía Platón, los hechos terminarán imponiendo su propia pedagogía. La política, al final, siempre revela las verdades que se intentan ignorar.

Desde esta perspectiva, pensar en una fractura similar a las del pasado resulta, cuando menos, apresurado. La unidad no siempre responde a afinidades ideológicas profundas, sino también a realidades materiales y de clase que condicionan el comportamiento político. Como sostiene la sociología política clásica, las clases dominantes tienden a preservar sus espacios de poder antes que arriesgarlos en confrontaciones internas irreversibles.

Tal vez por eso cobra sentido aquella frase, sencilla pero elocuente, que resume gran parte de este análisis: “La clase no se suicida”.