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domingo, 15 de febrero de 2026

El dato que olvidé: élites, poder y la disputa política hacia 2028

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La pasada semana publiqué el artículo titulado ¿División en el PRM de cara al 2028?, donde planteaba una interrogante que sigue generando debate: ¿estarían los presidenciables del Partido Revolucionario Moderno (PRM) dispuestos a dividirse y poner en riesgo no solo un proyecto político, sino intereses de clase profundamente consolidados?

Cuando hablamos de clase alta no lo hacemos desde el resentimiento ni desde la teoría conspirativa. Lo hacemos desde la observación histórica. En la política moderna, aquí y en cualquier parte del mundo, las grandes élites no se mueven por afinidades ideológicas, sino por intereses. Las potencias no tienen amigos ni enemigos permanentes; tienen intereses permanentes. Y las clases dominantes tampoco son la excepción.

En medio de ese análisis, surgieron las declaraciones del expresidente Danilo Medina, negándose categóricamente a apoyar una candidatura que no sea la del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Sus palabras provocaron incomodidad en sectores de la Fuerza del Pueblo, que entienden que sin una alianza amplia será imposible derrotar al oficialismo.

Pero aquí es donde aparece el dato que muchos olvidan.

Si bien Danilo Medina no proviene de la clase económica tradicionalmente dominante, su relación con ella en los últimos veinte años ha sido estrecha. El respaldo público de empresarios como Juan Vicini y Felipe Vicini a sus candidaturas fue visible y notorio. 

La política dominicana ha demostrado que los apoyos económicos no son simples simpatías; son inversiones estratégicas.

Recordemos el proceso electoral de 2016. Mientras el PLD ganaba con holgura la Presidencia y la mayoría congresual con Reinaldo Pared Pérez imponiéndose en la senaduría del Distrito Nacional, la alcaldía fue ganada por David Collado, entonces candidato del Partido Reformista Social Cristiano aliado al PRM.

El propio Roberto Salcedo denunció en su momento que estructuras internas del partido apoyaron abiertamente a Collado, señalando el respaldo manifiesto de Juan Vicini, quien incluso lo acompañó personalmente a inscribir su candidatura. Aquella elección dejó una señal clara: cuando determinados intereses convergen, la disciplina partidaria puede diluirse.

Hoy el panorama es distinto, pero el fondo es similar. Nunca como ahora esa clase económica había estado tan directamente vinculada al ejercicio del poder. No se trata solo de relaciones comerciales con el Estado; se trata de figuras directamente relacionadas con esos grupos ocupando posiciones estratégicas. La política dominicana vive una etapa donde poder económico y poder político conviven con menos intermediarios.

En ese contexto, la posición de Danilo Medina tiene varias lecturas. En términos estrictamente políticos, su negativa a respaldar a Leonel Fernández responde a una lógica de supervivencia: sabe que la división pasada debilitó al PLD y que el retorno de Leonel al poder podría significar la desaparición definitiva de su organización.

Pero hay otra dimensión que merece reflexión: ¿podría Danilo estar más dispuesto a permitir el avance de figuras vinculadas a la clase que respaldó sus proyectos, antes que facilitar el regreso de su antiguo aliado convertido en adversario? ¿Se trata solo de estrategia política o también de compromisos acumulados en el tiempo?

Lo que parece indiscutible es que los sectores económicamente dominantes ya han apostado por sus propios representantes dentro del PRM. Y si algo enseña la historia es que las clases con poder real no suelen fragmentarse cuando sus intereses están en juego.

La política, al final, no siempre es una lucha de partidos; muchas veces es una negociación entre élites. Y aunque los liderazgos cambien, los intereses suelen permanecer intactos.

Porque, en definitiva, la clase no se suicida; se reorganiza para seguir gobernando.