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lunes, 2 de marzo de 2026

Barahona, un pueblo abandonado a su suerte

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Por Alberto Peláez

Sal tú de noche por algunos barrios de Barahona y pregúntale a cualquier madre si duerme tranquila. La respuesta no te la van a dar con estadísticas, te la van a dar con silencio. Aquí la delincuencia dejó de ser noticia para convertirse en rutina. Atracos que ya casi ni se denuncian. Jóvenes que se pierden en la esquina porque nadie los está buscando para algo mejor.

Y cuando un pueblo se acostumbra al miedo, es porque las autoridades se acostumbraron a la ineficiencia.

Barahona tiene más potencial que muchas provincias que hoy avanzan. Tenemos costa, tenemos tierra fértil, tenemos ubicación estratégica. Lo que no tenemos es gestión. Lo que no tenemos es una presión política seria que obligue a que esta provincia sea prioridad nacional y no un relleno de discurso en campaña.

El desempleo aquí no es un número frío. Es el muchacho que estudió y no consigue trabajo. Es el padre que inventa todos los días. Es el joven que termina yéndose del país porque aquí no encuentra cómo echar raíces. Y mientras tanto, nos venden la idea de desarrollo. ¿Dónde está ese desarrollo? ¿En qué sector se siente?

La alcaldía municipal no puede seguir actuando como si gobernar fuera simplemente administrar rutina. Calles deterioradas, espacios públicos sin mantenimiento constante, basura acumulada por todo el municipio que se queda semanas sin recogerse y se convierte en foco de insalubridad. Ese desastre no es un accidente, es incapacidad. Y si la ciudad luce descuidada, no es por falta de recursos únicamente, es por falta de dirección.

Y el mercado municipal es la prueba más cruda del abandono. Un espacio que debería ser ordenado, higiénico y digno, hoy está marcado por la insalubridad. Basura acumulada, drenajes colapsados, alimentos expuestos entre aguas residuales, olores que golpean antes de uno siquiera entrar. Moscas, desorden, falta de control sanitario visible. No se trata de exagerar: se trata de admitir que el principal centro de abastecimiento de la ciudad no cumple condiciones básicas de salubridad. Y eso no es culpa del comerciante que lucha por sobrevivir; es responsabilidad directa de la autoridad municipal que no organiza, no fiscaliza y no garantiza limpieza permanente.

Y esto no es nuevo ni es un señalamiento aislado. Reportes de prensa y denuncias públicas han advertido sobre las condiciones sanitarias del mercado, incluyendo la acumulación de desechos y la falta de control adecuado en el manejo de alimentos. Se han hecho anuncios de remodelación y promesas de intervención que llevan años mencionándose sin que la transformación estructural llegue. La pregunta es simple: ¿cuántas advertencias más se necesitan para actuar? Porque cuando las fallas se repiten en el tiempo y no se corrigen, ya no estamos hablando de descuido puntual, estamos hablando de abandono sostenido.

Y lo digo como se dice en una reunión sin micrófono: si el ayuntamiento no puede con la basura, con el mercado y con el orden mínimo de la ciudad, entonces que lo admita. Porque gobernar no es administrar excusas ni echarle la culpa al pasado. Gobernar es resolver. Y cuando la ciudad huele mal, cuando el mercado está en condiciones que avergüenzan, eso no es percepción política, eso es incapacidad administrativa.

Ahora bien, el gobierno central tampoco puede hacerse el inocente. Barahona no se desarrolla con discursos desde la capital ni con promesas que se anuncian y luego se diluyen. Aquí hacen falta inversiones grandes, estructurales, sostenidas. Infraestructura vial moderna, impulso real al puerto, apoyo decidido al turismo, incentivos industriales, programas productivos que generen empleo formal. No pequeños parches ni visitas con titulares.

¿Cuánto del presupuesto nacional se traduce en obras visibles y transformadoras en esta provincia? ¿Cuántos proyectos estratégicos están hoy en ejecución real y no en carpeta? Porque lo que vemos es lentitud, anuncios reciclados y obras que avanzan a paso desesperante. Mientras otras provincias reciben inyecciones fuertes de inversión, Barahona sigue esperando que la miren como territorio estratégico y no como periferia electoral.

Y aquí hay que decirlo claro: cuando un gobierno central concentra recursos en zonas políticamente más convenientes y deja a otras sobreviviendo con lo mínimo, eso no es descuido, es decisión. La falta de inversión sostenida en Barahona es una señal política. Y el mensaje que envía es peligroso: que esta provincia no está en la primera línea de prioridades.

Y aquí es donde la discusión deja de ser retórica y se vuelve numérica. ¿Cuál es el monto exacto asignado a Barahona en el presupuesto nacional de los últimos años? ¿Cómo se compara esa cifra con provincias de tamaño y población similares? ¿Qué porcentaje de esos recursos realmente se ejecutó y en cuáles obras específicas? Porque si somos honestos, en el municipio de Barahona no se puede señalar una sola obra de gran impacto realizada en los últimos años, y en la provincia la situación no es distinta. No hay una infraestructura emblemática, no hay un proyecto transformador que marque un antes y un después. Porque si somos honestos, en el municipio de Barahona no se ha ejecutado una sola obra estructural que transforme la economía local o eleve de manera significativa la calidad de vida de la población, y en la provincia el panorama es igual de limitado. No hablamos de remozamientos menores ni de intervenciones cosméticas, hablamos de proyectos que cambien el rumbo del territorio. Y esos no existen. Cuando se revisan partidas, transferencias y ejecución presupuestaria, ya no hablamos de discursos: hablamos de decisiones concretas firmadas por responsables con nombre y apellido. Y cuando los números no respaldan las promesas, la responsabilidad deja de ser difusa y se vuelve directa.

La juventud está prácticamente sola. No hay una política fuerte que conecte formación técnica con empleo real. No hay una estrategia clara que retenga talento. No hay un respaldo constante al emprendimiento. Después nos sorprendemos cuando los muchachos se frustran o cuando la calle los seduce más rápido que cualquier institución.

El deporte, que debería ser disciplina y contención, está sobreviviendo con esfuerzo comunitario. Canchas que necesitan atención, clubes que resisten como pueden. Cada espacio deportivo abandonado es una oportunidad menos para rescatar a un joven del ocio y del riesgo.

Barahona no está atrasada por falta de capacidad. Está frenada por falta de carácter en la gestión local y por falta de voluntad firme desde el poder central. Y esa combinación es letal para cualquier territorio.

Aquí lo que está en juego no es imagen ni narrativa, es dignidad. Porque cuando una provincia produce, trabaja, vota y aun así sigue esperando lo básico, el problema deja de ser administrativo y se convierte en político. Y cuando el malestar se acumula sin respuesta, la gente no grita de inmediato, pero toma nota. Y eso, tarde o temprano, tiene consecuencias.

Y si alguien cree que esto es exageración, que camine el malecón un lunes cualquiera y escuche lo que se comenta en voz baja. Que se pare en SAVICA, en Palmarito o en Camboya y pregunte qué ha cambiado de verdad. Aquí la gente no está pidiendo lujos; está pidiendo que el municipio funcione y que el gobierno central deje de tratar a Barahona como una provincia que solo sirve para llenar plazas en campaña. El malestar no se publica siempre en redes, pero se siente en cada conversación. Y cuando un pueblo empieza a sentir que lo están dejando atrás, eso no se queda en queja: se convierte en decisión.

Y Barahona ya no quiere promesas. Quiere hechos