BUSCAR EN NUESTRA PAGINA

Header Ads

sábado, 28 de marzo de 2026

El dilema de hacer una reforma educativa en República Dominicana.

0 comments
Por Carlos Julio Féliz Vidal.

La palabra reforma implica cambio, modificación o mejora estructural, sin que llegue al nivel de revolucionar el estado  de cosas imperante.

Una reforma educativa requiere consenso, flexibilidad y visión de futuro.

Los cambios que conducen a reforma deben partir del conocimiento previo (diagnóstico) del objeto cuya modificación se procura. 

Un sistema educativo tiene muchos componentes que inciden en el proceso de aprendizaje. La interconexión de esos elementos es indispensable valorarla  a la hora  de hacer una reforma.

Reformar la educación implica más que un cambio en la mantilla curricular, que una sustitución del perfil del maestro, que una extensión o disminución en el horario de clases. 

Reformar la educación incluye replantear una visión humana del proceso educativo, sin borrar las experiencias históricas, los logros alcanzados, pero proyectando mejoras significativas con  redundancia  en el beneficio de los actores que intervienen en la educación, al entender  que los vínculos entre maestros y estudiantes no son los únicos que se crean en el proceso, dado que la educación irradia sus efectos   más allá de las aulas;  que ella requiere apoyo de entes administrativos que velan por los aspectos logísticos, manejos presupuestarios, plantas físicas, condiciones ambientales, etc, de las familias y tutores de los alumnos y de la sociedad que  demanda de egresados idóneos para incorporarlos a la producción de bienes y servicios.

Reformar la educación justifica redefinir métodos de enseñanza y evaluación, tocar la disciplina escolar, prever el perfil del egresado que se espera tener y las oportunidades que se le ofrecen  en las estructuras económicas y políticas de la sociedad.

La reforma no se concreta con cambios aislados, ni colocación de paños para cubrir faltas; la reforma debe estar orientada a una modificación significativa del modelo que no pierda de vista la dominicanidad.

Ninguna reforma tiene éxito si se aleja del temperamento, las emociones y el sentimiento del pueblo al que se aplica.

La reforma no puede ser abrupta ni desconsiderada, no puede descansar en la descalificación de los maestros y estudiantes dominicanos, ella tiene que aprovechar el potencial de los actores para mejorar sus respuestas, reforzar su dignidad y facilitarle mejores herramientas para afrontar los desafíos del cambio.

La reforma tiene que tener aliciente que motive su curso, pronóstico que permita apreciar su conveniencia, comprensión de la base cultural, dogmática y metodológica en la que descansará su implementación.

La reforma tiene que medir el impacto presupuestario, el costo humano y la capacidad de adaptación a los cambios propuestos.

Una reforma podría requerir cambios legislativos, rediseño curricular, tecnificación escolar y adecuación de métodos de trabajo en el aula, siempre apuntando al objetivo general que justifica la transformación planteada.

Hablar de reforma educativa sin tomar en cuenta la cultura dominicana en su justa dimensión, sin generar un entusiasmo verdadero por el cambio, no tiene sentido.

La reforma educativa tiene que estar precedida de preguntas a las que se le vayan adelantando respuestas.

Los estudiantes deben saber en qué medida serán beneficiarios de los cambios, si entre los incentivos de la reforma habrá reconocimiento adecuado a la excelencia académica, por ejemplo.

 Los maestros deben saber de antemano que espera el sistema de ellos y cuáles son las herramientas de las que se dispone para colocarlos, sin sacrificar su estabilidad ni su dignidad personal, en condiciones de lograr los objetivos que se buscan. También tienen derecho a saber si la reforma contempla reconocimientos a título de incentivo por la superación profesional; en la reforma se exige y se concede, se  demanda y se reconoce.

La reforma que no  toca las fibras humanas, que no hace que las personas sean sensibles al cambio, está llamada a fracasar. Las reformas no se imponen, se negocian, se consideran y se aplican gradualmente.

Las reformas educativas no se importan como cajas llenas de mercancías del extranjero, las reformas se adaptan, se planifican, se ejecutan, supervisan y controlan en el marco de unas políticas públicas que trasciendan el tiempo y que comuniquen una visión adecuada de la sociedad  a la   que  se aspire llegar, porque de la visión educativa depende el futuro mismo de la Nación.

República Dominicana ha dado muchos "saltos" en el plano educativo, pero no ha hecho una reforma estructural en el sistema. Los cambios que se recogen a lo largo del tiempo,  han sido normativos más que culturales, de mecanismos de habilitación y de designación de docentes, más que de visión educativa, de montos presupuestarios asignados más que de inversión estratégica en educación orientada a la transformación y mejoría del sistema.

Si el Gobierno actual o cualquier otro, se propone una reforma educativa, tiene que saber que la verdadera reforma es la que se hace sin perder de vista las raíces del pueblo al que se aplica, que el pueblo es soporte fundamental de los cambios educativos y que esos cambios deben ir más allá de las aulas para generar orgullo nacional y desarrollo sostenible.