Una vez se preguntó el Dr. Julio César Castaños Guzmán, en la ocasión Presidente de la Junta Central Electoral, en una reunión del pleno con los delegados de los partidos políticos, ¿Qué les pasa a los partidos y a los políticos con tantos escándalos de todo tipo?
Yo tomé un turno como delegado del movimiento político independiente Alianza por el Rescate de Barahona -ARBA- y afirmé que el problema es el dinero y lógicamente la falta de ética.
Ese criterio lo expresé también en el Senado de la República, cuando una comisión encabezada por su Presidente, Dr. Reynaldo Pared Pérez, quien fuera mi profesor en la UASD, recibió a los representantes de los partidos y movimientos políticos para tratar la modificación de la Ley Electoral.
Usted ve y escucha a casi todos los políticos y sus partidos hablar de Duarte, pero Duarte no hizo política por dinero, ni por cargos en la administración pública, todo lo contrario, aportó su esfuerzo y patrimonio, así como el de su familia para darnos una nación, digna de mejor suerte.
Antes muchos políticos trabajaban por el bien común, incluidos importantes líderes de los partidos, los funcionarios destinaban sus salarios para ayudar a los ciudadanos más pobres y los regidores, que trabajaban más que los de ahora, desempeñaban sus funciones de manera honorífica, como verdaderos servidores, practicantes del amor al prójimo y la solidaridad.
Reflexionemos sobre los aportes económicos del Estado a los partidos políticos y los motivos de ese financiamiento.
Todos sabemos que se buscaba evitar la influencia del narcotráfico en la política y ese objetivo no se ha logrado, por el contrario, ha nacido y se ha desarrollado con fuerza la narco-política.
Veamos como los partidos y los políticos buscan dinero, como si fuera la sangre que corre por sus venas, han llenado los partidos, el congreso y la administración pública de rifleros y ricachones.
Observemos como los hombres y mujeres honestos que eran las cartas de triunfo de los partidos, han sido relegados y maltratados para dar paso a los adinerados, sin importar el origen de su dinero.
La gran paradoja es que esos adinerados son los que llenan de vergüenza al país y de dolor a los más pobres, con sus actos de corrupción y robos vulgares.