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miércoles, 8 de abril de 2026

Jet Set: la noche cuando el lujo y el arte se volvieron un drama de horror

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Por Adalgisa Corcino
Tomado de panorama.com.do

SANTO DOMINGO: El 8 de abril de 2025 quedará inscrito en la memoria colectiva de la República Dominicana como una fecha de duelo y reflexión. Lo que prometía ser una velada exclusiva, una de esas que definen el estilo de vida aspiracional de ciertos círculos, terminó convirtiéndose en un episodio marcado por la tragedia, conocido ya como la Tragedia del Jet Set. Más allá del impacto inmediato, el suceso plantea preguntas profundas sobre seguridad, desigualdad y la cultura del espectáculo.

Tras un año, las cicatrices emocionales propias del dolor y la vulnerabilidad de la magnitud trágica, se quedaron en la impronta de una fiesta con la marca personal del “Ruiseñor del Merengue”, la voz más alta de la identidad dominicana acorde con la güira y la tambora, Rubby Pérez, interpretaba a todo pulmón con su orquesta “De color de rosas”, uno de sus emblemáticos temas y de los más solicitados, cuando se desplomaban los sueños y esperanzas de 234 vidas que perdieron el aliento al quedar aplastados en los vetustos escombros del icónico centro nocturno que recibía a la “alta sociedad· del país, del Caribe, de la región y del mundo.

La marca “Jet Set” no era simplemente un nombre: representaba un imaginario de éxito, glamour y pertenencia. En una sociedad donde el estatus se exhibe tanto como se anhela, estos espacios funcionan como vitrinas de poder simbólico. Sin embargo, esa misma construcción social puede invisibilizar riesgos reales. Cuando ocurrió el incidente, cuyos detalles técnicos aún se debaten en informes oficiales y peritajes independientes, quedó al descubierto una verdad incómoda: ni el lujo ni el prestigio garantizan seguridad.

Las familias de los deudos y esos huérfanos, hoy sufren los daños psicológicos, económicos y sociales resultado de esta tragedia inesperada que, llegó como ladrón por la noche, sin exhibirse ni anticiparse. Los descendientes de los exbeisbolistas de Grandes Ligas Octavio Dotel y Tony Blanco, y la gobernadora de Montecristi, Nelsy Cruz, del diseñador Martín Polanco y altos ejecutivos bancarios, es una profunda herida que sangrará hacia la inmortalidad. No hay tiempo que ni esperanzas para la sociedad dominicana recuperarse.

Al igual que, Eduardo Grullón, el presidente de AFP Popular, Johanna R. de Grullón, esposa de Eduardo Grullón, Alexandra Grullón, ejecutiva de Qik Banco Digital, Eduardo G. Estrella, subdirector del INVI, Christian Tejada, funcionario gubernamental, Luis Emilio Solís (Chicán), el saxofonista de Rubby Pérez y los médicos José Maldonado, Joselyn Rosado, Bibiana García, Yadira Cueto. 

En este sentido, los afectados directos de las víctimas fallecidas sufren de manera inconmensurable las decisiones de la justicia dominicana que, a juicio de muchos padres, abuelos y viudos ha sido benevolente con Antonio y Maribel Espaillat, sendos hermanos propietarios y administradores de la discoteca al cual fue declarada como Patrimonio del Merengue en 2010 por el Ministerio de Cultura como «Espacio físico seguro para la promoción y difusión del merengue».

Históricamente, reconocida como un pilar del merengue, actualmente, el recinto se encuentra en el centro de un proceso judicial tras el trágico derrumbe de su techo donde se visibiliza una zona cero que grita entre los restos de ese cuadrante pintado de negro, que por 50 años fuera el centro de reunión de la casta o de la élite y del esplendor del espectáculo y el entretenimiento internacional y del derroche económico inherente a quienes asistían los “Lunes del Jet Set”. En 2023, la discoteca sufrió daños por un incendio tras el supuesto impacto de un rayo, lo que se advertía como una fatídica premonición.

Una lista con parte de los fallecidos con decenas de personas más, entre ellas empleados, clientes y miembros de seguridad, entre los que figuran Anneurys Alexander Viñas Rodríguez, Indira Disla Méndez, María Isabel Peguero Velázquez, Paulino Lorenzo Lorenzo, Ramón Alberto Santana Benítez, Laura Elizabeth Castaños Melo, Diego Armando Severino Gómez, Eba Ilma Gálvez Guzmán, Génesis Lizbeth León Cepeda, Nidia Carolina Solano Hernández, Ysabel Betania Cabrera, Andrés Pichardo, Héctor Bienvenido Peguero Ramírez, Ruth D’Elaneas de la Cruz de Santana, Carolina Desiree Pérez Flores, Margarita Herminia Robles Reyes, Daniel Taveras Polanco, Luis Emilio Guillén Liranzo, Sheila Lisbeth Berroa de Peña, Lourdes María Ricarte Russo, Luis Emilio Solís Encarnación, Randy Alexander Rodríguez Cepeda, Nelsy Milagros Cruz Martínez, Pedro Leonardo Cepeda Espinosa, Wilnord Denaud, Aracelis Rodríguez Vargas, Julio César Valera de Óleo, Marioda Ruiz Pérez, Damaris Altagracia Montás de Ramírez, Miguel Ángel Pérez Suárez, César Augusto López Gonell, Yaris Francisco Franco Holguín Arias, Nelffisis Calwany Sánchez Brea, Eleanna Paola Vidal Perdomo, Lia María Gómez Féliz, Ray Luis Justo Murray. 

Desde una perspectiva periodística, la cobertura del hecho reveló tanto aciertos como fallas. En las primeras horas, la velocidad informativa superó a la verificación. Redes sociales y medios digitales amplificaron versiones no confirmadas, generando confusión y, en algunos casos, dolor adicional a familiares de las víctimas. Este fenómeno no es nuevo, pero sí cada vez más problemático: la inmediatez compite con la ética, y muchas veces la derrota es silenciosa.

Al mismo tiempo, surgieron historias humanas que merecen atención. Testimonios de sobrevivientes, relatos de solidaridad espontánea y el trabajo de rescatistas evidenciaron que, incluso en contextos marcados por la exclusividad, la tragedia iguala. La narrativa del “Jet Set” se diluyó frente a una realidad común: la fragilidad de la vida.

No obstante, el análisis no puede quedarse en lo emocional. Este caso obliga a revisar regulaciones, protocolos y responsabilidades. ¿Se cumplieron las normas de seguridad? ¿Hubo negligencia? ¿Existen vacíos legales que permiten que eventos de alto perfil operen con controles insuficientes? Estas preguntas no solo competen a las autoridades, sino también a una sociedad que, con su consumo, legitima ciertos modelos de entretenimiento.
En última instancia, la tragedia del Jet Set es un espejo. Refleja nuestras aspiraciones, pero también nuestras omisiones. Nos recuerda que el brillo puede ser engañoso y que detrás de cada evento espectacular hay estructuras —humanas, técnicas, legales— que deben sostenerlo. Cuando estas fallan, el costo no se mide en prestigio perdido, sino en vidas.

El periodismo, por su parte, enfrenta el reto de narrar estos hechos con rigor y sensibilidad. No basta con informar; es necesario contextualizar, cuestionar y, sobre todo, contribuir a que tragedias como esta no se repitan. Porque si algo debe quedar después del 8 de abril de 2025, no es solo el recuerdo del desastre, sino la voluntad colectiva de aprender de él.

La justicia se representa ciega para simbolizar la imparcialidad y la objetividad, indicando que la ley debe aplicarse sin prejuicios, ignorando la riqueza, el poder o el estatus social de las personas. La venda asegura que las decisiones se basen, exclusivamente, en los hechos y las pruebas, no en quién es el acusado. ¿Ha sido la justicia dominicana no vidente con el caso Jet Set? ¡Sea usted el jurado!