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lunes, 4 de mayo de 2026

Donde hay fanatismo, el diálogo muere antes de empezar

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Por Alberto Peláez

Hay algo que está pasando en la sociedad dominicana que no podemos seguir ignorando. Cada vez se hace más difícil hablar, debatir, disentir sin que la conversación termine en un choque.

Ya no se escucha para entender, se escucha para defender posiciones previamente decididas.

El problema no es tener posiciones firmes.

Es cuando esas posiciones se convierten en dogmas. Ahí nace el fanatismo. Y el fanático no dialoga, defiende. No analiza, repite. No duda, ataca. En ese punto, cualquier intento de conversación está condenado desde el principio, porque ya hay una conclusión previa que no se quiere soltar.

Estamos viendo cómo la política, que debería ser el espacio natural del debate, se está transformando en un terreno de lealtades ciegas. Si vienes de “mi lado”, tienes razón sin importar lo que digas. Si vienes del otro, estás equivocado aunque tengas argumentos. Esa lógica no construye país, lo fragmenta.

Lo vemos a diario en debates públicos, donde una propuesta no se evalúa por su contenido, sino por quién la dice.

Y aquí es donde hay que hacer una pausa. Porque el fanatismo no es exclusivo de un partido, ni de un sector. Está en todos lados. En redes sociales, en los barrios, en los medios, incluso en espacios donde se supone que debe primar la reflexión. Nadie está exento. Y reconocer eso cuesta, porque implica admitir que a veces también nos cerramos, que también dejamos de escuchar.

El problema de fondo es que el fanatismo simplifica una realidad que es compleja. Reduce todo a buenos y malos, a blancos y negros. Pero un país no se construye desde la simplificación, se construye desde la capacidad de entender matices, de aceptar críticas, de corregir el rumbo cuando haga falta.

Sin diálogo no hay democracia real. Lo que hay es imposición disfrazada de mayoría o resistencia disfrazada de victimismo. Y en ambos casos, quien pierde es la gente. Porque mientras unos gritan y otros responden con más gritos, los problemas siguen ahí, intactos.

Aquí no solo hay ciudadanos cerrados: hay liderazgos que prefieren seguidores obedientes antes que ciudadanos críticos.

Y eso no es casualidad. Un ciudadano que cuestiona incomoda; uno que aplaude, conviene.

Aquí hay una pregunta que pocos se hacen: ¿de qué sirve tener la razón si no eres capaz de convencer a nadie? El diálogo no es debilidad, es estrategia. Es la única vía para transformar diferencias en acuerdos y conflictos en soluciones.

Porque también hay que decirlo: no todo el que habla de diálogo quiere dialogar. A veces lo que quiere es ganar tiempo o evitar el conflicto.

Porque al final, cuando el fanatismo entra por la puerta, el diálogo no se va poco a poco… se muere de inmediato. Y un país sin diálogo no se destruye de golpe, se desgasta en discusiones inútiles mientras los problemas crecen sin control.

¿Estamos dispuestos a seguir pagándolo por no saber escucharnos?

El autor: Dirigente político y comunicador