El PRM no nació de la nada. Nació de una vieja cultura política que venía arrastrando el PRD desde hacía décadas: división interna, ambición desbordada, clientelismo, improvisación y una peligrosa facilidad para abrirle espacio a figuras sin suficiente depuración política, moral ni institucional.
Para entender al PRM hay que mirar hacia atrás. Antes de llamarse PRM, esa corriente fue PRD. Y el PRD, que alguna vez representó esperanza democrática, terminó convertido en una maquinaria de conflictos internos. Las luchas entre Peña Gómez y Jacobo Majluta marcaron una etapa dura de fracturas, tendencias enfrentadas y heridas que nunca cerraron. El llamado “Concordazo” de 1986 dejó claro que allí el adversario muchas veces no estaba afuera, sino adentro.
El drama perredeísta no fue solo electoral. También fue moral y de gobierno. Antonio Guzmán, primer presidente del PRD, se quitó la vida en el Palacio Nacional en 1982, a 43 días de terminar su mandato, un hecho que marcó para siempre la historia política dominicana. Luego vino Salvador Jorge Blanco, cuyo gobierno terminó asociado a crisis económica, protestas sociales y un proceso judicial por corrupción que incluyó condenas, aunque después fueron anuladas y él siempre alegó persecución política.
En 1994, Peña Gómez fue candidato en una campaña áspera, marcada por denuncias, racismo político, acusaciones y una crisis electoral que terminó en el Pacto por la Democracia. Eso no prueba una estructura criminal dentro del partido en ese momento, pero sí demuestra que ya el tema del narcotráfico rondaba la política dominicana como sospecha, como acusación y como sombra.
En 1997, Peña Gómez llegó incluso a enviar una carta al presidente Bill Clinton respondiendo a señalamientos surgidos desde sectores vinculados a autoridades y publicaciones estadounidenses, donde se alegaba que parte de los recursos recaudados para actividades políticas del PRD en Estados Unidos provenían de personas presuntamente vinculadas al narcotráfico y al lavado de dinero. El tema alcanzó tal nivel que el propio liderazgo perredeísta tuvo que salir públicamente a rechazar acusaciones de infiltración criminal en su entorno político internacional.
El problema es que con los años esa sombra dejó de ser solo rumor. El PRM, surgido en 2014 de una división del PRD, heredó dirigentes, métodos, prácticas y una cultura política que nunca terminó de depurarse. Y cuando llegó al poder, el discurso de cambio empezó a chocar con una realidad incómoda: varios de sus dirigentes y figuras electas han terminado señalados, acusados, extraditados o condenados en casos vinculados al narcotráfico.
El caso de Miguel Gutiérrez Díaz es uno de los más graves. Diputado del PRM por Santiago, fue arrestado en Miami en 2021 acusado de formar parte de una red transnacional de tráfico de cocaína entre República Dominicana, Colombia y Estados Unidos. Posteriormente fue condenado en Estados Unidos por narcotráfico y lavado de dinero.
También está Yamil Abreu Navarro, exdirigente del PRM y exdirector de junta municipal en Azua, extraditado a Estados Unidos para enfrentar cargos de narcotráfico internacional.
A esos nombres se suma Rosa Amalia Pilarte, exdiputada del PRM, condenada por lavado de activos provenientes del narcotráfico.
Y más recientemente, Edickson Herrera Silvestre, regidor del PRM en el Distrito Nacional, terminó enfrentando acusaciones de narcotráfico en Estados Unidos, un caso que volvió a colocar al partido en el centro de cuestionamientos públicos sobre la penetración del crimen organizado en sus estructuras.
Ese cuadro no puede verse como accidente aislado. Un caso puede ser excepción. Dos casos pueden ser descuido. Pero cuando aparecen diputados, exdirigentes, regidores y figuras municipales vinculadas a expedientes de narcotráfico o lavado, el problema deja de ser individual y pasa a ser político.
Cuando un partido acumula diputados condenados, dirigentes extraditados, funcionarios vinculados al narcotráfico y nuevos pedidos judiciales relacionados con estructuras criminales, ya no estamos hablando de hechos aislados ni de simples errores de depuración política.
La pregunta de fondo no es solamente quién cayó preso. La pregunta seria es quién lo llevó a una boleta, quién lo validó, quién recibió sus aportes, quién lo presentó como dirigente, quién se benefició de su influencia territorial y quién miró para otro lado mientras el dinero sucio buscaba entrada en la política.
Ahí es donde el PRM queda retratado. No solo por los expedientes, sino por la contradicción brutal entre su discurso moral y la realidad de sus propias filas. El partido que prometió cambio terminó mostrando que muchas veces el cambio era apenas un cambio de siglas, no de prácticas.
Hablaron hasta la saciedad de limpiar la política y terminaron acumulando demasiados casos imposibles de ignorar.
El PRM prometió un cambio ético, político e institucional.
Pero la historia reciente ha terminado golpeándolo con una realidad muy distinta: dirigentes vinculados a corrupción, narcotráfico, lavado de activos y estructuras criminales que lograron crecer bajo sus propias siglas.
Y cuando eso ocurre una y otra vez, el problema deja de ser individual. El problema pasa a ser el partido mismo.
El autor: Dirigente político y comunicador
