En la República Dominicana hay programas de televisión y luego está El Show del Mediodía. Con más de 50 años al aire, es un monumento a la sobremesa, parte del menú familiar junto al arroz y la habichuela. Es también un termómetro de la calle. Pero los monumentos se llenan de polvo y los termómetros, si no se calibran, terminan midiendo solo la fiebre de quien los sostiene.
Llamarlo “una tribuna cualquiera de PRM” suena duro. Para muchos es exagerado. Para otros, se queda corto. Lo cierto es que el programa que dirige Iván Ruiz dejó hace tiempo de incomodar al poder. Los ministros entran y salen del set con la soltura de quien llega a su casa: café servido, preguntas blandas, risas cómplices. Las críticas al Gobierno se administran en dosis homeopáticas. Los elogios, en cambio, vienen en cubetas. Y cuando se sienta un opositor, la silla parece más fría, el reloj corre más rápido y las interrupciones llegan con puntualidad suiza.
¿Es ilegal? No. Es televisión privada y cada dueño pone la música. ¿Es inmoral? Tampoco, porque nadie está obligado a verlo. El problema nace en otra parte: cuando la línea editorial se confunde con la nómina del Estado, cuando el micrófono que debería ser público se alquila para amplificar una sola versión del país.
EL PRM NO INVENTO ESTA PRACTICA
No nos llamemos a engaño. El PRM no inventó esta práctica. El PLD la perfeccionó durante 16 años continuos y la convirtió en arte. Antes, el PRSC y el PRD también tuvieron sus bocinas preferidas. La diferencia es el descaro. Hoy se hace con la tranquilidad de quien cree que “4 años más” justifican todo y que la alternancia es un accidente que no volverá a ocurrir.
El Show del Mediodía no es culpable de ser oficialista. Los medios tienen derecho a tomar partido. Es culpable de pretender que no lo es. De disfrazar el mitin de entrevista, el boletín de prensa de análisis y la defensa de oficio de periodismo balanceado. Esa simulación es la que ofende al televidente. Porque el dominicano puede ser muchas cosas, menos tonto. Sabe cuándo lo están usando de público en un acto partidario.
El daño va más allá de un programa. Cuando los grandes altavoces de la comunicación dejan de ser plaza pública y se convierten en salón de actos del partido de turno, la democracia se erosiona. No se rompe de golpe. Se desgasta en cada “excelente pregunta, ministro”, en cada repregunta que no llega, en cada tema incómodo que se evita porque “no hay tiempo”.
PODRIA SER INDEPENDENTE
Un espacio con la historia de El Show del Mediodía debería poder darse el lujo de la independencia. Tiene audiencia, tiene pauta, tiene legado. Puede preguntar sin libreto. Puede contra preguntar sin miedo a que el ministro no vuelva mañana o tumbe la publicidad. Puede recordar que su audiencia no es del PRM, ni del PLD, ni de la FP. Su audiencia es dominicana y está harta de que le vendan propaganda con etiqueta de entrevista.
Iván Ruiz es un trabajador de la televisión con méritos incuestionables. Nadie le discute su olfato para el rating ni su capacidad de conectar con la gente. Pero el respeto que se ganó en 50 años puede perderse en 50 emisiones si el set se vuelve comité de base. La credibilidad es como el agua en las manos: cuando se escapa, no vuelve.
QUE VUELVA A SER TELEVISION
El país no necesita que El Show del Mediodía se vuelva opositor. Necesita que vuelva a ser televisión. Que invite al funcionario y le exija respuestas. Que siente al alcalde y le pregunte por el hoyo que tiene tres años en la esquina. Que si va el presidente, lo trate con respeto pero sin alfombra roja. Que si va el opositor, lo deje hablar sin ponerle el cronómetro en la cara.
Si quiere seguir siendo relevante los próximos 50 años, tiene que decidir: o es tribuna, o es televisión. Las dos cosas ya no caben en la misma pantalla. Porque cuando un país solo escucha una campana, termina creyendo que no hay más sonidos. Y eso, en política y en periodismo, siempre sale caro. Sobre todo para quien toca la campana.
El autor es periodista, jefe de redacción de Almomento.net. Reside en Nueva York.
