BUSCAR EN NUESTRA PAGINA

Header Ads

martes, 14 de julio de 2026

El desafío de la Iglesia evangélica dominicana frente a un escrutinio público sin precedente

0 comments
Por Ramón López Ynoa

Cada vez que una institución adquiere influencia social, también adquiere una responsabilidad proporcional frente al escrutinio público. Es una regla que la historia ha demostrado, una y otra vez. Ocurre con los gobiernos, las universidades, los partidos políticos, las organizaciones empresariales y, por qué no, también con las iglesias.

Los recientes reportajes de Nuria Piera sobre el estilo de vida de algunos reconocidos líderes evangélicos dominicanos parecen tomar desprevenida a la iglesia evangélica provocando una de las discusiones públicas más intensas que haya experimentado el protestantismo nacional en las últimas décadas. 

Sin embargo, la controversia terminó girando alrededor de un concepto equivocado. Muchos entendieron que la periodista atacaba a la Iglesia sin tomar en cuenta que la Iglesia dejó de ser un universo cerrado, impenetrable, y que hoy es objeto del escrutinio público. 

Es por ello que, tal vez, debieron hacerse la pregunta de si la Iglesia estaba preparada para ser observada con el mismo nivel de exigencia que cualquier otra institución influyente de la sociedad. 

El verdadero problema no es la riqueza del líder religioso. La tradición bíblica demuestra que la riqueza y la fe no son realidades incompatibles. Figuras como Abraham, Job, Isaac, Salomón, José de Arimatea y Lidia gozaron de una posición económica significativa sin que ello disminuyera su compromiso con Dios.

Diversas figuras históricas, científicos como Pascal, Faraday y Maxwell, y empresarios como LeTourneau y Rockefeller, integraron su fe cristiana en su vida y obra, aunque de maneras distintas: desde la reflexión teológica y científica hasta la filantropía y proyectos educativos.

Estos ejemplos evidencian que el cristianismo no es excluyente, en sí mismo, con la prosperidad material de sus ministros;  El verdadero problema comienza cuando el origen de esa riqueza resulta opaco; cuando la frontera entre patrimonio personal y los recursos ministeriales deja de ser claramente distinguible; cuando la organización religiosa depende excesivamente del carisma de una sola persona; o cuando la imagen pública del líder termina sustituyendo y eclipsando el mensaje que dice proclamar. 

La discusión, por tanto, no debiera ser económica, sino ética.

El sociólogo alemán Max Weber explicó, hace más de un siglo, que uno de los fundamentos del liderazgo religioso es la autoridad carismática. Esa autoridad nace de la confianza que la comunidad deposita en determinadas personas por su testimonio, su capacidad de liderazgo y su influencia espiritual.

Pero Weber también advirtió que el carisma necesita institucionalizarse para evitar que el poder termine concentrándose excesivamente en una sola figura. Precisamente ese fenómeno pudiera estarse dando en numerosas iglesias contemporáneas, particularmente, en aquellas no conciliares. 

En el contexto de los reportajes periodísticos, el pastor ha dejado de ser únicamente un ministro religioso y se ha convertido en una marca, y es aquí cuando, precisamente, surge el problema: la marca personal comienza a sustituir la identidad institucional. 

Cuando el crecimiento de la organización depende de la imagen de un individuo, la Iglesia corre el riesgo de confundirse con el individuo.

John Stott advertía que uno de los mayores peligros del ministerio cristiano consistía en desplazar el centro del Evangelio hacia la figura del predicador. Esta  advertencia adquiere hoy pertinencia ya que en muchas iglesias contemporáneas, la figura del predicador  sustituye el mensaje de la Palabra.

Una lectura objetiva permite advertir que el objeto de los reportajes aludidos no parece ser la doctrina evangélica, tampoco la existencia de las iglesias, ni siquiera la espiritualidad de los creyentes.

Lo que el periodismo pareciera intentar examinar es un fenómeno social verificable: líderes religiosos que administran importantes recursos, poseen amplia influencia pública y proyectan estilos de vida que generan legítimo interés ciudadano.

Tal vez el aspecto más revelador de toda la controversia fue cómo respondió la Iglesia. Las reacciones permitieron observar tres grandes comportamientos. Un primer grupo respondió con argumentos, documentos y explicaciones, otro optó por el silencio institucional, el mayor de los grupos y, un tercero reaccionó con ataques directos contra la periodista.

Este último comportamiento merece especial atención. El filósofo alemán Jürgen Habermas ha señalado que las instituciones religiosas, al intervenir en el espacio público, deben traducir sus convicciones a un lenguaje que pueda ser comprendido en el marco del debate democrático. 

En ese ámbito, las afirmaciones no se sostienen únicamente en la autoridad moral de quien las pronuncia, sino en la fuerza de los argumentos y la evidencia que las respalda. 

También se dio una paradoja interesante. Muchos creyentes interpretaron los reportajes como una amenaza, sin embargo, la transparencia siempre ha formado parte del ideal cristiano. El apóstol Pablo les insistía a los corintios en que debían conducirse "honradamente, no solo delante del Señor, sino también delante de los hombres". 

Esa enseñanza apunta a un principio fundamental del cristianismo evangélico: quien administra recursos colectivos debe saber, y estar dispuesto, a rendir cuentas.

Así, las iglesias que publican auditorías independientes, cuentan con órganos colegiados de gobernanza, diferencian claramente patrimonio institucional y patrimonio personal, y comunican abiertamente sus prácticas administrativas, generan mayor confianza social.

Los cuestionamientos de la periodista Nuria Piera abre la oportunidad para el fortalecimiento institucional de las iglesias evangélicas las que podrían aprovechar esta coyuntura para impulsar estándares más elevados de gobernanza, auditoría, y rendición de cuentas, no como respuesta a una periodista, sino como expresión de madurez institucional.

Lo verdaderamente trascendente será determinar si del debate las iglesias evangélicas saldrán fortalecidas en el marco del entendido de que la  fe no pierde dignidad cuando responde preguntas difíciles, al contrario, la fortalece, porque la autoridad moral no nace del silencio frente al escrutinio, nace de la coherencia entre lo que se predica, lo que se administra y la forma en que se vive.

No hay comentarios.: