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miércoles, 22 de julio de 2026

La arrogancia y la soberbia preceden la caída de un líder

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Por Alberto Peláez

Hay líderes que no caen por falta de logros, ni por ausencia de poder. Se nota en reuniones donde nadie contradice al líder, aunque todos saben que se está equivocando. Caen porque, en algún punto del camino, dejan de escuchar. Se rodean de aplausos cómodos, de gente que asiente sin cuestionar, y empiezan a confundirse: creen que el respeto que generan es por su capacidad, cuando en realidad es por la posición que ocupan. Y esa confusión, aunque no se note de inmediato, es el principio del deterioro.

La arrogancia no llega de golpe. Se instala poco a poco. Empieza cuando el líder deja de admitir errores, cuando ya no corrige, cuando cualquier crítica se interpreta como ataque. Ahí se rompe algo esencial: la capacidad de ajustarse a la realidad. Porque un líder que no se corrige, se desconecta. Y en ese punto, ya no se gobierna con información, se gobierna con percepciones equivocadas. Y cuando un líder se desconecta, comienza a tomar decisiones pensando que todo está bien, incluso cuando el entorno le está diciendo lo contrario.

Empieza cuando el ego pesa más que la realidad. Cuando se sostienen decisiones que no están funcionando solo para no admitir un error, y cuando se ignoran señales claras porque contradicen la narrativa que se quiere mantener. En ese punto, ya no se está liderando con criterio, sino defendiendo una imagen.

La soberbia es todavía más peligrosa. No solo impide escuchar, también crea una ilusión de invulnerabilidad. El líder soberbio cree que siempre tendrá el control, que su liderazgo es incuestionable, que las reglas no aplican para él. Y es ahí donde empieza a cometer errores más grandes, porque ya no mide consecuencias. Pierde el sentido de límite. Y en política, perder el sentido de límite es jugar con fuego.

En la práctica, esto se ve claro. Se nota en decisiones que nadie se atreve a cuestionar, en equipos debilitados porque el talento incómodo es apartado, en discursos desconectados de la realidad de la gente. Se nota cuando el líder empieza a hablar más de sí mismo que del país. Cuando el proyecto deja de ser colectivo y se vuelve personal. Cuando la prioridad deja de ser resolver y pasa a ser mantenerse.

En la República Dominicana esa realidad no es exclusiva de una organización política. Se puede observar, en mayor o menor medida, en casi todos los partidos. Existen dirigentes que confunden liderazgo con autoridad absoluta, que interpretan cualquier opinión distinta como un desafío y que terminan rodeándose únicamente de quienes les dicen lo que quieren escuchar. Esa cultura no solo empobrece el debate interno; también debilita las organizaciones, limita la formación de nuevos liderazgos y termina alejando a personas valiosas que pudieron haber aportado ideas, experiencia y soluciones.

Se siente cuando el equipo deja de aportar y empieza solo a obedecer. Nadie cuestiona, nadie propone algo distinto, y las decisiones pasan sin resistencia, aunque tengan fallas evidentes. El líder deja de recibir información real y empieza a moverse en un entorno donde todo parece estar bien, incluso cuando no lo está.

Pero hay algo que muchos no quieren aceptar: la caída de un líder no empieza cuando pierde una elección. Empieza mucho antes, en silencio, en cada decisión donde se prioriza el ego sobre la realidad. En cada momento donde se desprecia una advertencia válida. En cada vez que se prefiere la comodidad de la adulación antes que la incomodidad de la verdad.

Y el problema es que esos errores no los paga el líder, los paga la gente. Cada decisión mal tomada arriba se traduce en dificultades abajo, en más presión, en menos soluciones reales. Mientras el liderazgo se protege, es la gente la que enfrenta las consecuencias en su día a día.

Y lo más irónico es que, casi siempre, cuando llega el golpe final, el líder no lo ve venir. Porque hace tiempo dejó de escuchar lo que debía escuchar. Se convenció de su propia versión. Se aisló. Y cuando la realidad finalmente se impone, ya es demasiado tarde para corregir.

Por eso, más que una crítica, esto es una advertencia. El poder no se pierde de un día para otro. Se va erosionando. Y la arrogancia, junto con la soberbia, son las herramientas más eficaces para acelerar ese proceso.

El liderazgo verdadero no se mide en cuánto te obedecen, sino en cuánto eres capaz de cuestionarte mientras tienes el control. Muchas veces, el mayor riesgo no viene de afuera, sino de lo que el propio líder deja de ver. El verdadero riesgo del poder no es perderlo, es creer que nunca lo vas a perder. Y cuando eso pasa, la caída ya empezó.

El autor: Dirigente político y comunicador.

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