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lunes, 10 de agosto de 2026

El costo emocional de emigrar

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Por Alberto Peláez

El despertador de Mateo nunca sonaba más tarde de las seis de la mañana. En su ciudad natal, a esa hora, el aire todavía olía a café fresco y tierra mojada. Aquí, en el sur del país, el amanecer se anunciaba con el sonido de los gallos y las gallinas y un calor insoportable que cubría su pequeña habitación compartida.

Hace dos años, Mateo era dueño de una pequeña carpintería que la inflación y la crisis devoraron en pocos meses. No huyó de una guerra ni de la persecución política; huyó de las cuentas mensuales que ya no podía pagar y de la mirada de su hija pequeña cuando la nevera quedaba vacía. Su migración no fue un impulso, sino un cálculo matemático doloroso.

Cada vez que alguien anuncia que se va del país, casi siempre escucha las mismas frases: “allá te irá mejor”, “aprovecha la oportunidad”, “haz tu vida”. Casi nadie pregunta qué está dejando atrás.

En nuestro país hay miles de familias que viven pendientes de una llamada desde otro país. Detrás de muchas de esas historias hay progreso económico, pero también silencios, ausencias y heridas de las que casi nunca hablamos.

Es normal que la primera pregunta sea: “¿Cómo te está yendo?”. Casi nadie pregunta: “¿Cómo te has sentido estando tan lejos de los tuyos?”. Ahí empieza una conversación que rara vez tenemos como sociedad.

Detrás de la decisión de emigrar casi siempre hay una historia que los demás no conocen.

Detrás de cada maleta suele haber una conversación difícil, una preocupación que ya no cabe dentro de la casa o la sensación de que, por mucho esfuerzo que se haga, el futuro parece estar en otra parte.

Un joven deja atrás a sus amigos para perseguir una oportunidad. Una madre se despide de sus hijos con la esperanza de ofrecerles una vida mejor. Un profesional cruza fronteras convencido de que encontrará el futuro que busca. Cada historia cambia de protagonista, pero el costo emocional suele parecerse.

Emigrar no consiste solamente en cambiar de país. También significa aprender a vivir lejos de los afectos que daban sentido a la rutina.

El costo emocional empieza muchas veces después de llegar. Los primeros días hay demasiado que resolver: conseguir trabajo, encontrar dónde vivir, aprender nuevas reglas y comenzar prácticamente desde cero. Después aparece la soledad. Se puede tener compañeros de trabajo, vecinos y hasta nuevos amigos, y aun así llegar a casa sintiendo que falta todo aquello que antes formaba parte de la vida diaria.

Con el tiempo llegan nuevos amigos, nuevas costumbres y otra manera de vivir. Sin embargo, hay ausencias que no encuentran reemplazo. No se recuperan los abrazos perdidos, las conversaciones improvisadas en la casa de los padres ni el privilegio de acompañar a un ser querido durante sus últimos años.

También aparece la culpa. La culpa por no estar cuando un hijo se enferma, por perderse el cumpleaños de la madre, por enterarse tarde de un problema familiar o simplemente por darse cuenta de que la vida de los demás continúa mientras uno la observa desde lejos.

Hay otra presión de la que se habla poco. Al emigrante casi siempre se le pregunta cómo le está yendo, cuánto está ganando o cuándo piensa comprar una casa. Pocas veces alguien le pregunta si realmente está bien. Muchos terminan diciendo que todo marcha perfectamente aunque estén pasando por momentos difíciles, porque después de haberse ido resulta complicado reconocer que las cosas no salieron como esperaban.

Hay llamadas que ningún emigrante quiere recibir. La enfermedad de un familiar, una despedida inesperada o una noticia que obliga a elegir entre regresar o conservar el empleo. Son decisiones que casi nunca aparecen cuando se habla de emigrar.

Las familias tampoco salen intactas.

Hay niños que crecen viendo a sus padres a través de una videollamada. Abuelos que conocen a sus nietos por fotografías. Hermanos que dejan de compartir los momentos importantes porque la distancia convierte lo cotidiano en algo excepcional.

Con los años puede aparecer algo todavía más difícil de explicar: el desarraigo. Algunos regresan de visita y encuentran que los amigos hicieron sus vidas, los hijos crecieron, el barrio cambió y hasta la casa familiar se siente diferente. Luego vuelven al país donde viven y tampoco terminan de sentirlo completamente suyo. Pertenecen a dos lugares, pero hay momentos en que sienten que no pertenecen del todo a ninguno.

Las remesas son fundamentales para miles de familias. Con ese dinero se paga la comida, la educación de los hijos y muchas deudas de la casa. Eso explica su importancia económica, pero no cuenta lo que ocurre dentro de una familia que lleva años viviendo separada.

Ese es el costo emocional de emigrar del que casi nunca hablamos. No significa que emigrar sea una mala decisión ni que todos vivan la experiencia de la misma manera. Significa reconocer que detrás de muchas historias de progreso también existen soledad, culpa, nostalgia, miedo y años enteros tratando de acostumbrarse a una vida lejos de los suyos.

Sería un error convertir este tema en un juicio contra quien decide emigrar. Cada historia tiene sus propias razones y muchas veces esa decisión nace de la responsabilidad, no del deseo. Lo preocupante es que cada vez más dominicanos sientan que para construir un proyecto de vida deben hacerlo lejos de su propio país.

Si una nación pierde de manera constante a quienes tienen preparación, iniciativa y deseos de progresar, el problema deja de ser individual para convertirse en un desafío nacional. No basta con celebrar el éxito de quienes triunfan fuera; también debemos preguntarnos por qué tantos sienten que aquí no encontraron el espacio para hacerlo.

La emigración seguirá existiendo, y siempre habrá quien decida marcharse. Lo verdaderamente preocupante es que, para demasiados dominicanos, quedarse en el país, haya dejado de parecer una opción.

El autor: Dirigente político y comunicador

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