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lunes, 3 de agosto de 2026

Los 7 errores de comunicación que están alejando a los dirigentes de la gente

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POR ALBERTO PELAEZ

Paradójicamente, mientras más herramientas tienen hoy los dirigentes para comunicarse, más difícil parece que logren conectar con la gente.

Muchos creen que tienen un problema de imagen. Otros piensan que les falta más presencia en los medios o más publicaciones en las redes sociales. Sin embargo, el problema suele estar en otro lugar: en la forma en que se comunican con la ciudadanía.

La comunicación política no consiste únicamente en hablar ni en aparecer todos los días. Comunicar es lograr que los ciudadanos sientan que quien los dirige entiende sus preocupaciones, conoce los problemas que enfrentan y está dispuesto a responder con hechos, no solo con discursos.

Y ahí es donde muchos están fallando.

Cada vez es más común encontrar dirigentes que hablan constantemente, pero conectan cada vez menos. Mientras más hablan, más lejos parecen estar de la realidad que vive la población.

El primer error es hablar más de sí mismos que de los problemas de los ciudadanos. Algunos dirigentes pueden pasar una hora describiendo sus reuniones, sus actividades y sus logros sin mencionar una sola vez lo que preocupa a quien no sabe cómo le alcanzará el dinero para terminar la semana.

Otro error igual de frecuente es confundir presencia con conexión. Tener miles de seguidores no significa tener influencia real. Publicar fotografías todos los días no garantiza cercanía. El electorado no mide a un dirigente por la cantidad de contenido que produce, sino por la capacidad que demuestra para entender lo que está pasando.

Hay dirigentes que visitan una comunidad, se toman veinte fotografías, graban un video de un minuto y se marchan convencidos de que escucharon a la gente. Pero una fotografía no reemplaza una conversación, ni un recorrido equivale a comprender los problemas de una comunidad. Muchas veces hablaron más de lo que escucharon, y quienes estuvieron allí perciben esa diferencia de inmediato.

Muchos dirigentes siguen confundiendo comunicación con persuasión. Se concentran en buscar el argumento perfecto para cambiar la opinión de la gente, cuando primero deberían demostrar que entienden sus preocupaciones. Nadie confía en quien intenta convencerlo antes de escucharlo. Cuando esa conexión se pierde, ninguna campaña, por creativa o costosa que sea, logra reconstruir la confianza.

Hay un error que suele pasar más desapercibido: comunicar logros que la gente no percibe. Ninguna campaña publicitaria puede convencer a una madre de que todo marcha bien si cada vez que va al supermercado encuentra precios más altos. Mientras ella habla del arroz, del aceite o de los medicamentos, algunos dirigentes responden con cifras de crecimiento económico y estadísticas oficiales. Los dos están hablando, pero de realidades completamente distintas. Ningún discurso puede ocultar una realidad que millones de dominicanos viven todos los días.

Otro error es comenzar a hablar un idioma que la mayoría de la población no entiende. Utilizan términos técnicos, frases elaboradas y conceptos que funcionan en reuniones políticas, pero que pierden sentido cuando llegan a los barrios, a los campos o a los hogares dominicanos. Hablan de indicadores macroeconómicos, resiliencia, transformación digital o eficiencia institucional, mientras la conversación en la calle gira alrededor de la factura eléctrica, la inseguridad, el costo de la comida o la falta de agua. Ese divorcio entre el discurso político y la realidad cotidiana termina alejándolos de quienes los escuchan.

Un error igual de grave es escuchar únicamente a quienes les dan la razón. Cuando un dirigente solo escucha aplausos, termina desconectándose de la realidad. Las críticas incómodas suelen ser mucho más útiles que los elogios permanentes.

También está el error de reaccionar siempre tarde. La ciudadanía identifica rápidamente cuándo un dirigente habla de un problema porque realmente le preocupa y cuándo lo hace porque ya el tema se volvió imposible de ignorar. La diferencia se nota. Basta recordar cómo muchos solo aparecen cuando una comunidad lleva días protestando, cuando una crisis ocupa todos los medios o cuando el descontento ya es imposible de esconder.

Y quizás el más peligroso de todos es creer que comunicar consiste únicamente en hablar. La comunicación no termina cuando se apaga un micrófono. Cada decisión, cada ausencia y cada problema que se deja sin respuesta también hablan por un dirigente.

La crisis de liderazgo de la que tanto se habla no surge de la nada. En muchos casos comienza con una crisis de comunicación. Empieza cuando los dirigentes dejan de escuchar, dejan de observar y comienzan a rodearse de mensajes que les confirman lo que quieren creer.

La política sigue siendo una actividad profundamente humana. Por eso, ninguna estrategia, ninguna campaña y ninguna tecnología pueden sustituir algo tan simple como comprender lo que está viviendo la población.

La política se fortalece cuando la comunicación acerca a los dirigentes a la realidad de la gente. Pero cuando esa comunicación se convierte en propaganda, excusas o monólogos, el desgaste es inevitable. Porque ningún dirigente puede permanecer cerca del pueblo si hace tiempo dejó de escucharlo.

El autor: Dirigente político y comunicador

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