Por Alberto Peláez
En política no basta con tener buenas intenciones, un candidato conocido o una estructura que aparezca cada vez que se convoca una actividad. Nada de eso garantiza una victoria si no existe una estrategia que defina hacia dónde se quiere ir, con quiénes se cuenta y qué debe hacerse para llegar.
Una campaña puede reunir cientos de personas en un acto y, aun así, no estar creciendo. Puede llenar las redes sociales de fotografías, recorridos y discursos sin lograr que un solo ciudadano cambie su decisión. El movimiento crea la impresión de avance, pero no siempre produce resultados. La estrategia comienza precisamente cuando se aprende a distinguir entre estar ocupado y estar avanzando.
Cada acción de campaña debe tener un solo objetivo final: conseguir votos. De manera directa o indirecta, todo cuanto se haga debe contribuir a conquistar nuevos electores, consolidar a quienes ya simpatizan con el proyecto o garantizar que acudan a votar.
En muchas organizaciones políticas se improvisa demasiado. Se convoca una marcha porque el adversario hizo una. Se cambia el discurso por la reacción que produjo una encuesta. Se abandona una comunidad para atender otra donde alguien asegura que “la cosa está buena”. Se anuncian dirigentes como grandes adquisiciones sin comprobar cuánta influencia tienen realmente. Así se consume tiempo, dinero y energía, pero no se construye una ruta electoral.
Una estrategia seria parte de un diagnóstico que no esté acomodado para complacer a la dirigencia. Hay que saber dónde se tiene fortaleza, dónde existe rechazo, cuáles sectores permanecen indecisos, qué problemas preocupan a la población y qué capacidad real posee la organización en cada territorio. Si el diagnóstico es falso, todo lo que se haga después estará mal orientado.
Uno de los errores más frecuentes en una campaña es aceptar como ciertos los informes que llegan desde la estructura. Los coordinadores dicen que tienen todos los colegios electorales cubiertos, presentan listas de personas que supuestamente trabajarán el día de las elecciones y aseguran contar con una cantidad de votos que nadie comprueba. El problema aparece el día de las votaciones: faltan delegados, algunos responsables no contestan el teléfono y muchos de los votos prometidos nunca llegan. Para entonces, ya es tarde para corregir.
Por eso, quien dirige una campaña no puede conformarse con los informes que recibe. Tiene que visitar los territorios, revisar las listas, hablar directamente con los responsables y comprobar si la estructura que aparece en el papel existe realmente. Ocultar una debilidad para evitar molestias no es lealtad; es dejar que la campaña avance sobre datos falsos.
También es necesario definir con claridad a quién se quiere representar. Ninguna campaña puede hablarle a todo el mundo de la misma manera. El joven que no encuentra su primera oportunidad laboral, la madre que teme por la seguridad de sus hijos, el pequeño comerciante agobiado por los costos y el productor que se siente abandonado no viven las mismas dificultades. Todos forman parte del electorado, pero cada uno necesita reconocer su realidad dentro de la propuesta política.
Eso no significa fabricar un discurso distinto para cada público ni decirle a cada sector lo que quiere escuchar. Significa construir un mensaje central con respuestas concretas para las preocupaciones de la gente. Una campaña pierde credibilidad cuando promete demasiado, cambia de posición según el escenario o utiliza palabras que ningún ciudadano emplea fuera de una reunión política.
La estrategia también determina el uso de los recursos. No todos los territorios requieren el mismo esfuerzo ni todas las actividades producen el mismo resultado. Hay lugares donde la prioridad será organizar la estructura; en otros, recuperar la confianza; en otros, movilizar a quienes ya simpatizan con el proyecto. Tratar todos los escenarios de forma idéntica es desconocer que cada comunidad posee su propia realidad política.
Lo mismo ocurre con las alianzas. Sumar dirigentes puede fortalecer una candidatura, pero no toda incorporación representa crecimiento. Hay apoyos que aportan votos, experiencia y legitimidad; otros solamente producen una fotografía y nuevos conflictos internos. La pregunta no debe ser cuántas personas llegaron, sino qué representan, a quiénes movilizan y de qué manera contribuyen al objetivo general.
En toda campaña aparece alguien proponiendo una actividad de última hora. Asegura que llevará cientos de personas y solicita vehículos, combustible, sonido y publicidad. La dirección acepta sin preguntar cuántos de los asistentes votan realmente en esa comunidad, cuántos respaldan el proyecto o quién les dará seguimiento después del acto. Al final quedan las fotografías y los gastos, pero nadie puede demostrar cuántos votos produjo la actividad.
Por eso la disciplina es tan importante como la creatividad. El plan de campaña no es intocable: si una actividad no funciona, un mensaje no conecta o la organización no está dando resultados, hay que hacer los cambios necesarios. Corregir no es improvisar. Improvisar es permitir que la campaña cambie de dirección cada semana por rumores, presiones internas, emociones del momento o la ocurrencia de algún dirigente.
En nuestro país todavía se deposita demasiada confianza en el carisma, el dinero, las relaciones personales y la capacidad de movilizar multitudes. Todos esos elementos pueden influir, pero ninguno sustituye una dirección clara. Una candidatura sin estrategia puede comenzar con entusiasmo, crecer rápidamente y terminar sin comprender en qué momento perdió la conexión con el electorado.
La estrategia no gana elecciones por sí sola. Necesita organización, liderazgo, recursos, candidatos creíbles y una propuesta que responda a las necesidades del país. Pero es la que ordena cada uno de esos elementos y evita que funcionen por separado.
Las elecciones terminan poniendo cada cosa en su lugar. Ese día no valen los informes exagerados, las fotografías de salones llenos ni los votos que alguien prometió y nunca comprobó. Solo cuenta la cantidad de ciudadanos que la campaña logró convencer y llevar a las urnas. Por eso la estrategia no es un elemento más: es lo que convierte el trabajo político en votos y los votos en victoria.
El autor: Dirigente político y comunicador
