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lunes, 28 de septiembre de 2026

Esto es lo que pienso, aun con el riesgo que ello implique...

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Por Jose Corniell 

Las ejecuciones extrajudiciales no son justicia, son barbarie. Lo que estamos presenciando en la República Dominicana a través de los denominados "intercambios de disparos" de la Policía Nacional y el DICRIM, respaldados y motivados de manera implícita por el gobierno, no es más que la normalización de la pena de muerte por la vía de los hechos.
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​Esta práctica constituye una violación flagrante del debido proceso y del derecho a la tutela judicial efectiva, principios sagrados garantizados en los artículos 68 y 69 de nuestra Constitución. Nadie, absolutamente nadie, tiene el poder de actuar como juez, jurado y ejecutor en las calles. La labor policial es arrestar y someter a la justicia, no exterminar.

​Detrás de esta política de exterminio solo se esconde la absoluta incapacidad del Estado para proponer soluciones reales a un problema estructural. La delincuencia no cayó del cielo: es el resultado directo de décadas de malas políticas públicas, desigualdad social y abandono institucional.

​Desde la era de Trujillo se han implementado una y otra vez estos mismos planes de represión violenta, y la historia ha demostrado que no han dado ni darán resultado. La criminalidad no disminuye matando jóvenes; solo se transforma y se regenera porque sus causas profundas siguen intactas.

​Quizás lo más doloroso y preocupante de este escenario es el aplauso de gran parte de la población. Resulta paradójico cómo se celebra la muerte de jóvenes de nuestros barrios vulnerables, mientras se respalda, defiende y vota cada cuatro años por la clase política que les ha robado la esperanza, la educación y las oportunidades a esos mismos muchachos.

​Se condena al delincuente de barrio con la muerte, pero se rodea de impunidad, aplausos y protección al corrupto de cuello blanco que se enriquece con los fondos públicos.

​La delincuencia, la criminalidad y la inseguridad en nuestro país no se van a erradicar quitándole la vida a los hijos de las familias más pobres. Se combaten con políticas reales de desarrollo social, educación y empleo para la juventud, reformas estructurales que ataquen la raíz del problema y no solo sus consecuencias, firmeza contra la corrupción y enfrentando el robo y la impunidad de quienes dirigen el Estado.

​Si de verdad hay voluntad de aplicar la ley y "poner en 29" a los responsables del deterioro de nuestra sociedad, que se comience por la cabeza. 

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