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martes, 1 de septiembre de 2026

La burocracia que ahoga al emprendedor

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POR ALBERTO PELAEZ

Un emprendedor firma el contrato de alquiler de un pequeño local convencido de que lo más difícil ya pasó. Todavía no ha vendido un solo producto, pero ya comenzó a pagar alquiler, electricidad, permisos y los gastos necesarios para poner el negocio en regla. Lo que aún no sabe es que su primer cliente no será una persona. Será la burocracia.

En el país abundan las personas con ganas de trabajar, de invertir y de crear oportunidades. Lo que escasea no son las ideas, sino las condiciones para convertirlas en realidad.

Hay quienes creen que el principal obstáculo para emprender es la falta de dinero. Sin embargo, miles de dominicanos descubren muy pronto que uno de los mayores obstáculos suele ser otro: una burocracia lenta, complicada y, muchas veces, indiferente.

Entonces comienza el recorrido por oficinas, formularios, requisitos, certificaciones, permisos, inspecciones y trámites que parecen no terminar nunca.

Cada institución pide algo distinto. Un documento depende de otro, ese otro depende de una aprobación anterior y, mientras tanto, el tiempo sigue corriendo. El alquiler hay que pagarlo, los servicios comienzan a generar gastos y el dinero invertido permanece inmovilizado mientras se espera una autorización para poder abrir.

A esa carga se suma un sistema tributario que muchas veces trata al pequeño emprendedor como si fuera una gran empresa. Tiene que pagar ITBIS, cumplir fechas, presentar declaraciones, contratar servicios contables y responder a obligaciones que no distinguen entre quien apenas comienza y quien lleva años operando.

El caso más injusto es el anticipo del Impuesto Sobre la Renta. Al emprendedor se le exige pagar por adelantado parte de un impuesto sobre ganancias que todavía no ha obtenido. Puede estar vendiendo menos, atravesando dificultades o tratando simplemente de mantener abierto el negocio, pero el Estado calcula que este año ganará tomando como referencia lo ocurrido anteriormente.

Es como cobrarle a alguien por una cosecha que todavía no ha recogido.

Nadie discute que el Estado deba fiscalizar. Lo cuestionable es que muchas veces termina obstaculizando al mismo ciudadano que intenta cumplir la ley. Lo más preocupante es que muchas de esas exigencias no existen para proteger al ciudadano, sino porque el propio Estado ha ido construyendo una maquinaria donde el procedimiento termina siendo más importante que el resultado.

Se organizan ferias para promover el emprendimiento, se anuncian programas de apoyo y se pronuncian discursos sobre la importancia de las pequeñas empresas. Sin embargo, abrir y mantener un negocio legal sigue pareciendo una prueba de resistencia.

Cuando eso ocurre, el mensaje que recibe mucha gente es peligroso: resulta más fácil operar al margen de las reglas que cumplirlas. Así se alimenta la informalidad, se reduce la recaudación, disminuye la inversión y se debilita la confianza en las instituciones.

Un país que pone obstáculos a quien quiere producir termina castigando precisamente a quienes generan empleos, pagan impuestos y dinamizan la economía.

La burocracia también tiene un costo que casi nunca aparece en las estadísticas: el desgaste emocional. Horas perdidas en filas, permisos que se retrasan sin explicación, expedientes que pasan de una oficina a otra, impuestos que llegan antes que las ganancias y la sensación permanente de que nadie asume responsabilidad.

Muchos emprendedores no fracasan por falta de capacidad. Abandonan porque se cansan de luchar contra un sistema que les cobra, les exige y les complica, pero rara vez les facilita el camino.

Modernizar el Estado no consiste únicamente en digitalizar formularios. Significa simplificar procesos, eliminar requisitos innecesarios, integrar instituciones y entender que el tiempo y el dinero del ciudadano también tienen valor.

También significa revisar el anticipo. No tiene sentido exigirle a un negocio que pague hoy por unas ganancias que quizás mañana no existan. Los impuestos deben aplicarse sobre la realidad económica de las empresas, no sobre suposiciones que pueden terminar asfixiándolas.

Los países que hoy atraen inversiones no lo lograron porque sus emprendedores fueran más inteligentes que los nuestros. Lo hicieron porque comprendieron que el Estado debe ser un aliado del que produce, no una carrera de obstáculos.

Cuando un emprendedor cierra su negocio, no pierde solo él. También pierde el joven que dejó de encontrar una oportunidad de empleo, el suplidor que vende menos, el barrio que deja de generar movimiento económico y el país que renuncia a crecer. Porque la burocracia no solo destruye empresas; también destruye oportunidades.

Si de verdad queremos una economía más fuerte, no basta con invitar a la gente a emprender. También hay que dejar de castigarla cuando decide hacerlo.

El autores es: Dirigente político y comunicador

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