La República Dominicana ha demostrado que puede crecer, atraer inversiones y posicionarse en mercados internacionales. Sin embargo, crecer no significa necesariamente transformar la economía. Podemos producir más, exportar más y atraer capital sin desarrollar, al mismo ritmo, las capacidades tecnológicas, empresariales y humanas que permiten crear mayor valor. El desafío consiste en pasar de participar en las cadenas globales de producción a desarrollar conocimiento, crear soluciones y competir por lo que sabemos hacer.
Esta transformación comienza mucho antes de llegar a una fábrica. Está relacionada con nuestra manera de educar, gestionar las empresas, asumir riesgos y entender el éxito. Con frecuencia privilegiamos los resultados inmediatos sobre la construcción de capacidades de largo plazo. Formamos personas para responder a estructuras existentes, pero no siempre para cuestionarlas, mejorarlas o crear otras nuevas. Valoramos la experiencia, pero no siempre la convertimos en conocimiento compartido; reconocemos la importancia de innovar, aunque las urgencias operativas suelen desplazarla.
La experiencia internacional demuestra que esta realidad puede cambiar. Corea del Sur vinculó la educación, la tecnología y el desarrollo industrial para fortalecer su competitividad. Israel desarrolló un ecosistema en el que universidades, empresas, emprendimientos e inversionistas colaboran para llevar conocimiento al mercado. Sus trayectorias son distintas, pero comparten una lección: la competitividad se construye cuando el conocimiento se convierte en innovación, producción y oportunidades económicas.