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jueves, 18 de julio de 2013

OPINION: Liquidan al balaguerista Castillón y II

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En el año 1960, fruto del repudio que ocasionó su práctica maldita en Santiago, Castillón es trasladado al famoso campo de concentración represiva de Azua, conocido como el “Sisal”. Allí algunos presos comunes y políticos eran tratados como animales, torturados y vejados. Condenados a trabajos forzados y cuando enfermaban, el señor Juan Antonio Castillo Peña (Castillon), los curaba con un tiro de pistola 45 en la cabeza. Eso para él era una práctica cotidiana. Hacia los cuentos y chistes con todos los crímenes que allí cometió.

 Era un torturador insaciable. Mientras más dolor provocaba, con más gusto torturaba a los detenidos. A raíz del ajusticiamiento del Tirano Trujillo, decide junto a su familia mudarse para Barahona, debido a que su esposa, doña Esterbina Altagracia Feliz, es oriunda del municipio de Cabral. Desde el año 1961 hasta 1966, paso desapercibido, como un ciudadano mas, comprando una casa en la calle Uruguay, entre las calles Esteban Cuello y Yuyo Michel.

Cuando el Dr. Joaquín Balaguer es impuesto por las tropas interventoras en el año 1966, de nuevo surge ese personaje del “Sisal”, pero en el Ingenio de Azúcar de Barahona. Ya no era la tortura ni el disparo a la cabeza, ahora era el chivateo de obreros por no ser del gobierno del partido colorao. Muchos trabajadores fueron despedidos, detenidos y torturados por el caliezaje de este señor. Por esa razón, la Línea Roja del 1J4 decide darle de baja.  

El día domingo 10 de julio del año 1977 en una reunión en el sector Camboya, el alias Alberto, del barrio sávica, es asignado para su vigilancia. El lunes 11 lo sigue y rinde su primer informe: “el hombre salió hoy de su casa a las 5:30 de la mañana, está armado. Luego regreso a las 4:00 de la tarde y no volvió a salir más”. En su segundo informe, alias Alberto dijo que “al parecer ese señor no realiza ninguna actividad social fuera de su trabajo normal”.

El viernes 14, Alberto lo sigue hasta el mismo ingenio, un vehículo del central azucarero lo recoge en la calle Uruguay esquina Av. Luperon y lo regresaba al mismo lugar, ese es el informe de ese día. 

Decide la dirección de esa agrupación darle de baja. El jefe militar y cuadro político del catorce de junio, Felipe Almanzar (Felipito) en Barahona, junto a su equipo de trabajo prepara las armas que se utilizaran en la ejecución: una escopeta calibre 12, un revolver calibre 38 y una pistola calibre nueve milímetro. A los cartuchos de la escopeta le saca las municiones y le incrusta balines redondos de cajas de bolas para mayor efecto lectal.

El día miércoles 19 de abril, todo está listo. Felipito, Alberto y Alejandro se preparan, son las 4 de la mañana del jueves 20. Con pasos firmes y seguros y con la moral bien alta, los tres revolucionarios salen a buscar al chivato balaguerista y asesino Trujillista. Bajan toda la calle Jaime Mota, doblan la Avenida Luperon Hacia la calle Uruguay y  esperan. A las 5:30 a.m., viene bajando Castillón, los comunistas van para encima de el. Se  oye una voz  que sale de la clínica Magnolia del Dr. Campo:  “Castillón, como esta, como se siente”. “bien”, respondió el chivato. Eran tres personas que al parecer tenían a alguien allí enfermo y salieron a su encuentro a saludarlo. La acción se frustro ese día. Los revolucionarios sin levantar sospechas, saludaron y se marcharon.
 
El domingo 24, vuelven los revolucionarios y revisan las armas, no duermen, esperan no tener ningún inconveniente con el trabajo político militar. Es lunes 25 de junio de 1977,  a la 5 de la mañana ya los revolucionarios están en posición en la calle Uruguay esquina Avenida Luperon. Castillón viene bajando, los rebeldes lo observan y salen a su encuentro. 

Felipito lleva la escopeta recortada en una mano y a su espalda. Están a unos pasos, Felipito acciona la escopeta, Castillón trata de agarrar su revólver.  Silencio, mucho silencio. Y suena un disparo de escopeta que retumba en todo el sector. Cae al suelo el chivato entre la Clínica Magnolia y el colegio “Morgan”. Ya en el suelo, otro disparo más de escopeta le destroza el pecho y los muchachos toman el arma del asesino y se marchan. 

Al rato, sus hijos Antonio, Xiomara, Yolanda y Rolando, al junto de su madre Esterbina, se presentaron al lugar y lloran la muerte del chivato.

Muchos dirigentes reformistas manifestaron que esperaban que algo así le sucediera a ese mal hombre, ya que hasta ellos mismos le tenían miedo. Los revolucionarios cumplieron su misión y se marcharon tranquilos después de haber ajusticiado a un hombre que había dedicado su vida a la maldad.