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En honor al profesor Orlando Jorge

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Por Víctor Mateo Vásquez
  
De niño le veía por televisión. Luego fui entendiendo las injusticias que se hicieron en contra de su padre y de su familia. Hoy pienso que tanto él como su hermana Dilia, quien fue mi profesora de la materia Persona y Familia en la PUCMM, en el año 2008, han sido guerreros por resistir tanto dolor moral y tan indigna infamia.

Recuerdo la clase de Propiedad Intelectual con su cuñada, la profesora Carmen Prieto Villegas. Me impactó de forma tal la materia, que hoy en día es una de mis preferidas. En aquella ocasión me le acerqué a la docente para expresarle mi interés de desarrollar el tema de tesis en torno a los signos distintivos de los partidos políticos y, de inmediato, sin dar muchas vueltas me recomendó al profesor Orlando Jorge Mera. Por asuntos ajenos, don Orlando no pudo ser mi asesor, ni tampoco abordé dicho tema, pero me sentí satisfecho del trato de la profesora Prieto Villegas y de cómo me habló sobre la postura que había asumido el hoy extinto colega al respecto.

Luego de unos años, aproximadamente entre 2015 hasta 2018, tuve la oportunidad de formar parte del jurado de evaluación de tesis en PUCMM junto al profesor Jorge Mera. En varias ocasiones le traté. Recuerdo cómo analizábamos y decidíamos las notas de los jóvenes que exponían sus trabajos finales para completar su licenciatura. Por su experiencia, siempre presidió el jurado. Allí conocí a un verdadero maestro. No fue mi profesor, pero admito que aprendí de las correcciones que hacía y de su manejo frente a los alumnos.

Siempre ecuánime, formal, voz agradable y trato humilde, el profesor Orlando Jorge Mera se distinguió por ser un caballero. Vivió de frente, demostrando que las calumnias en contra de su padre, fueron eso: bajezas politiqueras. Por eso él mismo contestó sin vacilar, ante la pregunta de un comunicador sobre qué le gustaría que escribieran en su tumba cuando falleciera, “que me recuerden por honesto”. Y así es. Fue asesinado por ser correcto. Pagó el más alto precio por creer en sus ideales.

Conversando con mi padre supe que el doctor Balaguer se había arrepentido de haber hecho preso a don Salvador Jorge Blanco. Confieso que nunca lo había escuchado, pero viniendo de mi padre, lo doy por seguro. El hecho es que su partida ha sido un duro golpe a la institucionalidad, el decoro, la honestidad y la decencia. Vivió tan seguro de sus acciones que no le tembló el pulso de conversar de frente con el cobarde que segundos después lo mató.

Profesor, sé que usted está en un lugar de paz y tranquilad. No sé si le llamen “Paraíso”, pero estoy seguro que donde está solo pueden ir quienes hayan hecho el bien.