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Un problema palpable que no deja de ser mayúsculo

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Por Natanael Gutiérrez

Desde la creación del mundo y las sociedades, todos los registros históricos dan cuenta de que, el ser humano ha recurrido a la migración, las causas pudieran ser muchas, más sin lugar a dudas dentro de ellas sobresale una y es la búsqueda de oportunidades. En la actualidad es prácticamente una norma que cuando un padre de familia que funge como cabeza del hogar nota que las condiciones de vida pueden ser mejores en otro lugar muchas veces da como un hecho la opción de emigrar.


En casos más particulares existen quienes migran por motivos de que en su lugar  de origen o residencia no reciben los niveles académicos propios de sus exigencias,  esto puede darse  desde los estudios primarios, donde familias de clase media no obtienen la educación complementaria que entienden que sus hijos merecen, y claro está, también se presenta la migración de una gran parte de la juventud al notar que su ciudad o región no cuenta con las ofertas académicas universitarias conforme a sus aspiraciones.


Hasta este momento vamos bien, de momento lo entendemos y damos como válidos los motivos expresados. A esto se suma un ente de vital importancia pero que muchas veces se busca camuflar, es la inseguridad. A medida que una sociedad no resguarda lo más preciado que es la vida, entonces abrimos las puertas para lo que entiendo es el mayor daño a una sociedad que busca salir del subdesarrollo que es “la fuga de cerebros”. Lo planteo así pues en una ocasión le propuse a un ex presidente, la posibilidad de poner a firmar un contrato que responsabilice a quien obtuvo una beca del Estado a regresar a su lugar de origen y poner en práctica lo aprendido, de inmediato me expresó que no es posible, pues existe un derecho a la libertad de migración. lo entendí más no lo comparto, pues es lógico que cuando llevamos a nuestros “cerebros” a países de primer mundo, es obvio que la mayoría queden seducidos por los altos niveles de vida, oportunidades y seguridad.


 Nos resulta sumamente interesante lo planteado por el intelectual Frank Moya Pons, en su libro titulado El Gran Cambio. En ese texto Moya Pons, plantea de manera magistral cómo la República Dominicana logró un avance económico extraordinario en tan solo cincuenta años, una parte de ese desarrollo fue a costa de instalar una industria de las remesas, misma que hoy en día es de los renglones que más produce a los gobiernos. Este fenómeno se produjo sobre los hombros de miles de dominicanos y dominicanas que tuvieron que tomar una yola por Miches o comprar un “machete” y viajar a Europa. Ciudadanos que se marcharon sin escolaridad en muchos casos, sin nadie que los espere del otro lado y ¿cuál ha sido el resultado? Los gobiernos salieron de una gran presión social a raíz de la guerra de 1965, pues no tenían posibilidad de responder a las exigencias de un pueblo hambriento y con faltas de oportunidades.


De esa gran migración de mediados y finales del siglo pasado, muchos sureños se marcharon y no volvieron, muchas familias se fraccionaron y si bien es cierto que de manera individual algunos progresaron, nuestros pueblos han postergado el desarrollo soñado. De una u otra forma a veces pienso, será que aún los actuales gobiernos andan detrás de los mismos objetivos, pues si es verdad que desean producir mínimamente igualdad social, ¿por qué no colocar a la región Sur del país como prioridad?


En nuestra región urge la elaboración y ejecución de planes de mejoras y financiamientos para las microempresas (siempre han existido, más no con el nivel que necesitamos), llevar a nuestras academias carreras y/o cursos técnicos que estén acordes con lo que el mercado laboral demanda en manos de obra.  Debemos desarrollar espacios académicos con ofertas enfocadas en la ingeniería de software y ciencias blandas. En principio esto serviría como muro de contención para que detengamos la sangrienta migración que deteriora nuestros mercados y aleja el desarrollo de nuestra región.


Sin dudas la migración es uno de nuestros grandes problemas, tenemos otros claro que sí, pero este cada día nos golpea con fuerzas, y aceptarla y decir “eso no lo para nadie”, es como rendirse sin ni siquiera tirar el pleito. ¡Dios nos agarre confesados! hasta el próximo artículo.