Hablar de colapso no es exagerar ni buscar titulares alarmistas. Es describir lo que muchos dominicanos ya sienten en su día a día. El país no se está cayendo de golpe, pero se está deteriorando por dentro, y ese deterioro empieza cuando la vida cotidiana se vuelve más difícil sin que el Estado dé respuestas claras.
La economía es el primer termómetro. No hace falta leer informes para saberlo. Basta con ir al colmado, pagar la luz o sentarse a cuadrar el presupuesto del mes. Los precios siguen subiendo y los ingresos no. El dinero ya no rinde y la mayoría de las familias vive haciendo malabares para cubrir lo básico. No se trata de darse lujos, se trata de comer, de pagar, de llegar.
A esa presión económica se le suma la delincuencia, que ya no es un tema aislado ni una noticia de último momento. Es parte del paisaje. Robos, atracos, violencia y miedo normalizado. La gente cambia rutinas, evita horarios, se encierra temprano. Cuando una sociedad aprende a vivir con miedo, algo profundo se rompió. Y cuando el Estado no logra imponer orden ni garantizar seguridad, el mensaje es claro: cada quien queda a su suerte.
El empleo es otro punto crítico. Hay gente trabajando y aun así el dinero no le alcanza. La informalidad crece, la estabilidad desaparece y el futuro se vuelve incierto. Para los jóvenes, el panorama es todavía peor. Muchos estudian, se preparan y no encuentran espacio. Otros ni siquiera lo intentan porque sienten que el sistema está cerrado. No es falta de voluntad, es falta de oportunidades reales. Un país que le falla a su juventud se está hipotecando a sí mismo.
Los envejecientes están prácticamente fuera del debate público. Pensiones que son una miseria, medicamentos impagables, citas médicas eternas. Muchos dependen de hijos que también están ahogados económicamente. Después de toda una vida de trabajo, lo mínimo debería ser tranquilidad. Pero hoy, envejecer aquí es una condena.
El tema de los medicamentos resume bien la crisis social. Hay tratamientos que se abandonan porque no hay con qué pagarlos. Enfermarse se ha convertido en un problema financiero antes que de salud. La desigualdad no se discute, se sufre. Y se sufre en silencio.
A todo esto se suma un deterioro institucional que ya no se puede disimular. Servicios públicos deficientes, burocracia lenta, respuestas tardías. La sensación general es que el Estado llega tarde o no llega. Y cuando la autoridad se debilita, el desorden avanza.
Nada de esto es casualidad. Es el resultado de decisiones mal tomadas, de prioridades equivocadas y de una desconexión evidente entre quienes gobiernan y la realidad de la mayoría. Se habla de crecimiento, pero ese crecimiento no se refleja en seguridad, en empleo digno ni en bienestar.
La República Dominicana todavía tiene margen para corregir, pero ese margen no se va a abrir solo. Este rumbo no se cambia con discursos ni con paciencia infinita. Se cambia con decisiones políticas claras. Y en las próximas elecciones el país tiene que asumir una responsabilidad: salir de este gobierno. No por rabia ni por revancha, sino porque seguir igual es aceptar el deterioro como norma. Cuando un gobierno no resuelve, no protege y no escucha, se cambia. Eso no es radicalismo, es sentido común. Y postergar ese cambio solo hace más costoso el golpe que viene.
El país no aguanta cuatro años más de excusas.
